viernes, enero 23, 2026
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Los Reyes Magos: entre el mito, la historia y la construcción simbólica

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Los Reyes Magos ocupan un lugar central en el imaginario cultural occidental, especialmente en el contexto europeo, y, de forma muy destacada, en la tradición española. Su presencia atraviesa siglos de historia, manifestándose tanto en el ámbito religioso como en la cultura visual, la literatura, las celebraciones populares y los rituales colectivos asociados a la infancia y la transmisión simbólica. Sin embargo, bajo la aparente estabilidad de esta historia se esconde una construcción compleja y cambiante, fruto de constantes reinterpretaciones que han ido ampliando, transformando y resignificando un núcleo narrativo originalmente escueto.

Este artículo propone un acercamiento a los Reyes Magos desde una perspectiva histórico-cultural, atendiendo a la distancia existente entre el relato bíblico, las elaboraciones posteriores y la tradición tal y como la conocemos hoy. Los Reyes Magos constituyen una figura simbólica en permanente construcción, capaz de adaptarse a distintos contextos ideológicos, sociales y culturales, lo que explica tanto su pervivencia como su potencia narrativa.

La fuente original: el relato bíblico y sus ambigüedades

El único texto canónico que menciona a los Reyes Magos es el Evangelio de Mateo (Mt 2:1-12), lo que ya introduce una primera limitación fundamental para cualquier aproximación histórica. En este pasaje se alude a la llegada de unos magos procedentes de Oriente que, guiados por una estrella, acuden a adorar al recién nacido Jesús, preguntando «¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle». Sin embargo, el texto presenta numerosas ambigüedades que resultan esenciales para comprender el posterior desarrollo del relato. Mateo no especifica el número de magos, no los denomina reyes, no menciona sus nombres ni concreta su procedencia geográfica.

El término magoi remite en el contexto antiguo a figuras asociadas al saber astronómico, religioso o sacerdotal, especialmente vinculadas al ámbito persa o mesopotámico, más que a monarcas en sentido estricto. La estrella, por su parte, debe entenderse principalmente como un signo simbólico y teológico, inscrito en una tradición de lectura astrológica y profética, más que como un fenómeno histórico verificable. Estas indefiniciones constituyen un rasgo estructural del relato, que permite su relectura y expansión simbólica en contextos históricos posteriores.

De magos a reyes: la transformación del relato

La identificación de los magos como reyes procede de un proceso de reinterpretación desarrollado entre la Antigüedad tardía y la Edad Media, hacia el siglo III d.C. Esta transformación se apoyó, en primer lugar, en la lectura tipológica de pasajes del Antiguo Testamento, especialmente el Salmo 72, donde se alude a reyes extranjeros que ofrecen presentes y dones al Mesías. A partir de estas asociaciones, la figura del mago fue progresivamente elevada a la categoría de rey, reforzando así la dimensión política y teológica del relato.

Durante los primeros siglos del cristianismo, esta reinterpretación sirvió para subrayar la idea de que el poder terrenal reconocía la autoridad divina de Cristo, legitimando simbólicamente el orden cristiano en expansión. En el contexto medieval, los Reyes Magos pasaron a representar la universalidad del mensaje cristiano y la jerarquización del mundo bajo una lógica monárquica y teocéntrica. Es en este periodo cuando se fijan definitivamente que son tres, uno por regalo. Los nombres (Melchor, Gaspar y Baltasar) aparecen por primera vez en el mosaico de San Apolinar el Nuevo, de Rávena, y se consolidan sus atributos iconográficos.

El simbolismo del número y de los regalos

La fijación del número de los Reyes Magos en tres es fruto de una construcción simbólica estrechamente vinculada a los dones ofrecidos al niño Jesús: oro, incienso y mirra. Desde los primeros siglos del cristianismo, este número fue interpretado como una cifra de plenitud, asociada tanto a la Trinidad cristiana como a un orden simbólico del mundo. En la tradición medieval, los tres Reyes llegaron a representar asimismo las tres edades del ser humano: juventud, madurez y vejez, y los tres continentes entonces conocidos: Europa, Asia y África, reforzando la idea de la universalidad del mensaje cristiano.

Los regalos poseen un significado teológico y simbólico preciso. El oro remite a la realeza y al poder terrenal; el incienso, empleado en el culto, alude a la divinidad; la mirra, utilizada en rituales funerarios, anticipa la pasión y la muerte. Esta triple ofrenda articula una lectura compleja de la figura de Cristo como rey, dios y hombre mortal, condensando en un gesto narrativo una síntesis doctrinal de gran potencia visual.

La reiteración de estos elementos en la iconografía cristiana demuestra cómo el simbolismo de los dones actúa como un lenguaje visual fácilmente reconocible, capaz de transmitir contenidos teológicos y culturales a diferentes públicos a lo largo del tiempo.

Los Reyes Magos como alegorías del mundo conocido

A partir de la Edad Media, los Reyes Magos adquirieron una dimensión alegórica que se convirtió en una representación simbólica del mundo conocido. Cada uno de ellos pasó a encarnar un espacio geográfico y cultural distinto, configurando una imagen de la universalidad del cristianismo: Melchor a los europeos, Gaspar a los asiáticos y Baltasar a los africanos. Esta lectura se consolidó especialmente cuando Baltasar comenzó a representarse como rey africano, proceso que no fue inmediato ni uniforme, sino resultado de una evolución iconográfica progresiva que culminó hacia el siglo XV.

La diferenciación étnica y cultural de los Reyes respondió tanto a un interés por visualizar la expansión universal de la fe cristiana como a la necesidad de categorizar la alteridad desde una perspectiva europea. Oriente y África fueron construidos visualmente como espacios exóticos, marcados por la diferencia racial, cultural y material, lo que reforzaba implícitamente una jerarquía simbólica en la que Europa ocupaba una posición central. De este modo, la iconografía de los Reyes Magos reflejaba las estructuras mentales y geopolíticas de su tiempo.

Esta dimensión alegórica convierte a los Reyes Magos en una herramienta para analizar cómo el arte cristiano participó en la construcción de imaginarios sobre el «otro», anticipando dinámicas de representación que más tarde se verían reforzadas en el contexto de la expansión colonial europea.

Del relato sagrado a la tradición popular

Con el paso del tiempo, el relato de los Reyes Magos fue desplazándose progresivamente del ámbito litúrgico hacia la esfera de la cultura popular. A partir de la Baja Edad Media y, sobre todo, en la Edad Moderna, su presencia se reforzó en celebraciones públicas, representaciones teatrales y rituales colectivos vinculados al calendario cristiano. Este proceso permitió que los Reyes Magos se integraran en la vida cotidiana como figuras cercanas, mediadoras entre lo sagrado y lo doméstico.

En este contexto, la infancia adquirió un papel central. Los Reyes Magos se convirtieron en protagonistas de un ritual de transmisión cultural intergeneracional, en el que el regalo funciona como gesto simbólico que articula valores como la espera, la ilusión y la recompensa. La pervivencia de esta tradición está ligada especialmente a su capacidad para adaptarse a nuevos marcos sociales, manteniendo una narrativa flexible y emocionalmente eficaz. Así, el relato original se transforma en una práctica cultural viva, sostenida por la repetición ritual y la memoria colectiva.

Una tradición en permanente construcción

El análisis de los Reyes Magos revela cómo una narración breve y ambigua ha dado lugar a una de las tradiciones culturales más persistentes del imaginario occidental. Su significado se ha construido a través de sucesivas reinterpretaciones históricas, simbólicas e iconográficas, adaptadas a distintos contextos sociales e ideológicos. Desde su origen bíblico hasta su integración en la cultura popular contemporánea, los Reyes Magos funcionan como un mágico ejemplo de cómo las tradiciones se sostienen no por su fidelidad a un origen, sino por su capacidad de transformación. Precisamente en esa flexibilidad simbólica reside su vigencia actual y su potencia como objeto de análisis histórico-cultural.