viernes, enero 23, 2026
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De los rituales del Sol a la Navidad cristiana

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Cada diciembre, nos detenemos para celebrar la Navidad. Para muchos, es la conmemoración del nacimiento de Jesucristo; para otros, una época de consumo y reuniones familiares. Sin embargo, bajo esta festividad, subyace un estrato histórico mucho más antiguo que se hunde en las raíces de la Roma imperial. Antes de que el 25 de diciembre fuera la fecha central del calendario cristiano, los ciudadanos romanos ya celebraban con frenesí las saturnales (saturnalia), una festividad en honor a Saturno que transformaba el orden social y la fisonomía de las ciudades.

La transición de las saturnales a la Navidad no fue un evento abrupto ni una coincidencia histórica. Fue, en realidad, uno de los ejemplos más fascinantes de sincretismo religioso en la historia de Occidente. Durante los primeros siglos del cristianismo, la joven Iglesia se enfrentó al reto de expandirse en un Imperio romano profundamente arraigado a sus tradiciones paganas. En lugar de intentar erradicar por completo las costumbres populares –una tarea prácticamente imposible dada la popularidad de los ritos paganos–, las autoridades eclesiásticas y políticas optaron por una estrategia de absorción y recontextualización.

Este artículo propone desglosar cómo la festividad del «solsticio de invierno», marcada por el fin de las labores agrícolas y el deseo de luz en los días más cortos del año, fue evolucionando. Comprender las saturnales es, además de conocer un poquito más el pasado romano, descubrir el ADN de nuestra propia cultura festiva.

¿Qué eran las saturnales? El origen del «caos sagrado»

Para comprender la magnitud de las saturnales, debemos entender primero a quién estaban dedicadas. Saturno no era solo el dios del tiempo (identificado con el Cronos griego), sino primordialmente el dios de la agricultura y la siembra. Para los romanos, Saturno representaba una mítica «Edad de Oro» perdida, una época en la que la tierra daba frutos sin esfuerzo, no existía la esclavitud y los hombres vivían en una paz perpetua e igualitaria.

Las saturnales eran un festival del solsticio de invierno. En el hemisferio norte, este es el momento del año en que los días dejan de acortarse y la luz comienza a ganar terreno a la oscuridad. Era un periodo crítico para una sociedad agraria: la siembra de otoño había terminado y el campesino quedaba a merced de la naturaleza, esperando el regreso del sol. Celebrar las saturnales era un acto de magia: al festejar con luz y alegría, los romanos buscaban asegurar que el ciclo de la vida continuara.

Originalmente, se celebraban el 17 de diciembre, comenzando con un sacrificio a Saturno. Sin embargo, su inmensa popularidad hizo que la celebración se fuera extendiendo de forma orgánica. En la época de la República, la fiesta duraba tres días. Posteriormente, bajo el mandato de Julio César, se extendió a cinco días para ajustarse a la reforma del calendario. Y finalmente, en la época imperial, las festividades se prolongaban durante siete días, del 17 al 23 de diciembre.

El ambiente durante esta semana era lo que los historiadores llaman un «tiempo liminal» o «fuera del tiempo». Se creía que, durante estos días, las normas sociales se suspendían para permitir que el mundo regresara brevemente a ese estado de caos primordial y libertad de la Edad de Oro. Era un «caos sagrado» necesario para purificar la sociedad antes de que comenzara el nuevo ciclo solar.

Como escribió el poeta Catulo, las saturnales eran «los mejores de los días» (optimus dierum), un paréntesis de felicidad obligatoria donde la severa disciplina romana (gravitas) se rendía ante la relajación y el placer.

Las tradiciones de las saturnales: espejo de la Navidad moderna

Lo que hacía a las saturnales la festividad más esperada del año no eran solo los ritos religiosos en el templo, sino la metamorfosis completa de la vida cotidiana. Durante siete días, las estrictas jerarquías romanas se disolvían en un ambiente de carnaval y fraternidad.

La característica más famosa de esta fiesta era la suspensión de las normas sociales. En un acto que recordaba la igualdad de la «Edad de Oro» de Saturno, los esclavos gozaban de libertad temporal. Podían sentarse a la mesa antes que sus amos, vestir sus ropas y ser servidos por ellos, sin recibir ningún castigo por ello. Durante esta semana, tenían permiso para hablar libremente, incluso criticar o burlarse de sus señores.

En cada hogar se elegía a los príncipes de las saturnales (Saturnalicius princeps), o el «Señor del Desgobierno». Este personaje, elegido por sorteo (metiendo un haba en un pastel, origen del actual Roscón de Reyes), daba órdenes absurdas que todos debían obedecer, como «canta desnudo» o «baila en el agua», fomentando un ambiente de caos y risa.

Roma se detenía por completo:

  • Las escuelas cerraban: Los niños estaban de vacaciones.
  • Los tribunales suspendían sesiones: No se dictaban sentencias ni se resolvían pleitos.
  • Las guerras se detenían: Se consideraba un sacrilegio iniciar una batalla durante las saturnales.
  • El código de vestimenta: Se abandonaba la formal y pesada toga blanca en favor de la synthesis, una túnica de colores mucho más cómoda y festiva. Incluso se permitía el uso del pilleus, un gorro de fieltro que normalmente solo llevaban los esclavos liberados.

La celebración era tanto social como material. Las casas se decoraban con guirnaldas y vegetación perenne, y el aire se llenaba del aroma de grandes banquetes públicos y privados.

Un elemento fundamental era el intercambio de regalos. Al final de la semana, durante las Sigillaria (23 de diciembre), los romanos se entregaban obsequios:

  • Velas de cera (cerei): Representaban la luz que regresaba tras el solsticio, un simbolismo idéntico al que hoy damos a las luces navideñas.
  • Figuras de arcilla (sigilla): Pequeños muñecos que se regalaban especialmente a los niños.
  • Escritos y poemas: El autor Marcial dedicó libros enteros de epigramas a los regalos que se intercambiaban, desde comida y vino hasta objetos de lujo.

Incluso el saludo tradicional, «¡Io, Saturnalia!«, funcionaba de manera idéntica a nuestro «¡Feliz Navidad!», siendo una expresión de alegría colectiva que resonaba por todas las calles de la ciudad.

El contexto del siglo IV: un imperio en cambio

Hacia los siglos III y IV d.C., el panorama religioso de Roma era un mosaico. Aunque las saturnales seguían siendo la fiesta más querida, surgió un nuevo competidor espiritual: el culto al Sol Invictus (el Sol Invicto). En el año 274 d.C., el emperador Aureliano convirtió este culto en una religión oficial del Estado, promoviéndolo somo divinidad suprema del Imperio. Estableció el 25 de diciembre como el Dies Natalis Solis Invicti (Día del Nacimiento del Sol Invicto).

Según el calendario juliano, el solsticio de invierno caía el 25 de diciembre. Era el momento exacto en que, tras días de oscuridad, el sol parecía «detenerse» y comenzar su ascenso triunfal. Los romanos celebraban que el sol no había sido derrotado por el invierno.

La Biblia no menciona ninguna fecha para el nacimiento de Jesús. Los Evangelios no dan día ni mes; de hecho, la mención de pastores durmiendo al raso con sus rebaños (Lucas 2:8) sugiere a muchos historiadores que el nacimiento real pudo ocurrir en primavera u otoño, ya que en diciembre el clima en Judea es demasiado frío para el pastoreo nocturno.

Ante este vacío cronológico, la Iglesia primitiva se encontró con un dilema. Los nuevos conversos cristianos seguían queriendo celebrar las saturnales y el nacimiento del Sol, ya que eran fiestas demasiado alegres. Ante esto, se propuso «bautizar» la fecha. Si el Sol Invictus celebraba el retorno de la luz física, el cristianismo celebraría el nacimiento de quien llamaban «la luz del mundo».

Con la llegada de Constantino el Grande, el primer emperador en favorecer el cristianismo, la necesidad de una unidad social se volvió prioritaria. Constantino fue, durante gran parte de su vida, un devoto del Sol Invictus, y en su figura se produjo una fusión: el domingo (dies solis, día del sol) se convirtió en el día de descanso cristiano, y la iconografía del sol (como el halo de luz) empezó a aparecer en las representaciones de Cristo.

Al fijar la conmemoración de la Navidad en el mismo periodo que las saturnales y el Sol Invictus, la Iglesia facilitó la transición de los paganos al cristianismo, asegurándose de que la energía festiva de diciembre fuera canalizada hacia la nueva fe.

La creación de la Navidad (336 d.C.)

La formalización de la Navidad el 25 de diciembre fue un proceso de institucionalización que quedó registrado para la posteridad. El documento clave para los historiadores es el Cronógrafo del 354 (también conocido como el Calendario de Filócalo). Este manuscrito contiene una lista de mártires y obispos, así como crónicas, y en su sección sobre las fiestas conmemorativas, registra que en el año 336 d.C. ya se celebraba en Roma el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre. Esta es la mención oficial más antigua que poseemos.

La estrategia de la Iglesia no fue prohibir las saturnales de la noche a la mañana, sino absorber su significado. Un ejemplo claro de esta mentalidad se encuentra en una famosa carta del Papa Gregorio Magno siglos después, donde instruía a los misioneros a convertir los templos paganos en iglesias: «[…] para que, mientras la nación misma no vea destruidos los mismos santuarios, pueda apartar el error de su corazón, y, conociendo y adorando al Dios verdadero, pueda acudir más familiarmente a los lugares a que está acostumbrada».

Con la Navidad ocurrió lo mismo: el regocijo de las saturnales se transformó en el gozo por el Salvador; el banquete de fraternidad se mantuvo, pero bajo una nueva narrativa. Y el «nacimiento del sol» se convirtió en el nacimiento del «Sol de Justicia». A medida que el cristianismo se convertía en la religión oficial del Imperio, la tolerancia hacia el paganismo disminuyó. En el año 380 d.C., el emperador Teodosio I promulgó el Edicto de Tesalónica, convirtiendo el cristianismo niceno en la única religión oficial.

Posteriormente, impulsó una serie de decretos para la prohibición de los sacrificios y el culto de en los templos paganos. Esto asestó el golpe final a las saturnales como festividad religiosa oficial. Sin embargo, aunque el sacrificio a Saturno desapareció, la «fiesta» se negó a morir. Los ciudadanos romanos, ya cristianos de nombre, seguían decorando sus casas, intercambiando regalos y celebrando banquetes en las mismas fechas. Así, las saturnales simplemente cambiaron de nombre y se integraron en el calendario cristiano.

Huellas de Saturno en la Navidad actual

Milenios después de la caída del Imperio romano, seguimos repitiendo gestos que un ciudadano de la época de Augusto reconocería al instante. La Navidad moderna es, en muchos sentidos, una versión evolucionada de las saturnales.

Una de las conexiones más directas es la tradición del Roscón de Reyes. La elección del Saturnalicius prínceps encontrando un haba en un pastel se relaciona directamente. Esta costumbre sobrevivió en la Edad Media y ha llegado hasta nosotros casi sin cambios: seguimos escondiendo una figura (el rey) y un haba en el dulce navideño, manteniendo el juego de la suerte.

El uso de vegetación perenne (como el acebo o el abeto) para decorar las casas era una práctica común en las saturnales para simbolizar la vida que resiste al invierno. Las velas (cerei) que los romanos se regalaban y encendían para invocar el regreso del sol son las antepasadas directas de nuestras luces de Navidad. El simbolismo es idéntico: combatir la noche más larga del año con puntos de luz que representan la esperanza.

La costumbre de dar aguinaldos o propinas navideñas a trabajadores o niños tiene su raíz en la generosidad obligatoria de las saturnales. El intercambio de regalos (sigillaria) era un refuerzo de los lazos sociales. Incluso la entrega de cestas de comida tiene un eco en las sportulae (pequeñas cestas de alimentos) que los patrones entregaban a sus clientes o esclavos durante estas fechas.

La idea de que en Navidad «todo vale», de que es una época para el exceso en la comida y la bebida, y de que se deben olvidar las rencillas, es el espíritu puro de las saturnales. El concepto de la «paz navideña» que detiene conflictos es una herencia directa de la suspensión de guerras y juicios que caracterizaba a la fiesta de Saturno.