En las últimas décadas, las series y películas históricas han pasado de ser simples reconstrucciones del pasado a convertirse en narrativas capaces de transformar la forma en que entendemos la historia. En lugar de aspirar a una fidelidad documental, muchas producciones se permiten licencias narrativas y estilísticas que abren nuevas vías de interpretación. Así, desde la espectacularidad política de Roma (HBO, 2005) hasta la relectura inclusiva y multicultural de Los Bridgerton (Netflix, 2020), el audiovisual se convierte en un campo de batalla cultural donde se negocian memorias colectivas, imaginarios identitarios y visiones alternativas del pasado.

Estas obras, además de entretener, moldean la percepción popular de épocas pretéritas, cuestionan las narrativas oficiales, y, en algunos casos, democratizan el acceso a la historia al presentarla desde perspectivas diversas. Pero también generan polémicas, pues la tensión entre rigor histórico y libertad creativa nunca desaparece. En una sociedad donde la imagen tiene cada vez más peso en la construcción de lo real, estas series y películas son fundamentales para entender cómo el presente dialoga con el pasado.
El poder del audiovisual en la construcción de la memoria histórica
El audiovisual se ha convertido en una de las principales formas de acercamiento del gran público a la historia. A diferencia de los libros académicos, las películas y las series poseen la capacidad de condensar procesos complejos en narraciones accesibles, cargadas de emoción y de impacto visual. No solo cuentan hechos: transmiten atmósferas, imaginarios, y, en muchos casos, juicios de valor sobre el pasado. Por ello, pueden funcionar como un puente entre la historiografía y la cultura popular, pero también como un espacio de disputa sobre qué memorias merecen ser recordadas y de qué manera.
Mientras que la historia académica se rige por la verificación de fuentes y la búsqueda de objetividad, la historia popular que circula a través de la pantalla se mide en términos de impacto narrativo, audiencia y entretenimiento. Sin embargo, ambas esferas se influyen mutuamente: los éxitos audiovisuales generan nuevas preguntas para los historiadores, y, a su vez, la investigación académica proporciona material para guionistas y directores. Ejemplos como Braveheart (1995), que reavivó el interés por la independencia escocesa, o Gladiator (2000), que renovó la fascinación por Roma, muestran hasta qué punto la ficción puede transformar la percepción social de épocas enteras.
Roma (HBO, 2005-2007): entre la crónica y la espectacularidad
Cuando HBO estrenó Roma en 2005, la televisión histórica dio un salto cualitativo. La serie destacó por su ambición de recrear el mundo romano con un nivel de detalle pocas veces visto en pantalla: aspectos como la arquitectura, la vestimenta, los rituales religiosos o la vida cotidiana aparecen representados con gran exactitud. Su estética cuidada, unida a una trama llena de intrigas políticas, violencia y erotismo, la convirtió en un referente del género y abrió camino a posteriores superproducciones históricas.

Uno de los grandes logros de Roma fue mostrar la historia no solo desde la perspectiva de los grandes personajes —Julio César, Marco Antonio o Cleopatra—, sino también a través de figuras ficticias como Lucio Voreno y Tito Pullo. Esta estrategia narrativa permitió entrelazar la historia “oficial” con la experiencia del ciudadano común, generando una visión más amplia del mundo antiguo.
Aunque se le ha criticado por dramatizar o simplificar algunos hechos, la serie consiguió que millones de espectadores percibieran Roma como un espacio vibrante, complejo y profundamente humano. En lugar de limitarse a glorificar el pasado, Roma lo mostró en toda su crudeza, con su mezcla de grandeza y decadencia. Con ello, cambió para siempre la manera en que las audiencias contemporáneas imaginan la Antigüedad.
Los Bridgerton (Netflix, 2020-): el revisionismo inclusivo
El estreno de Los Bridgerton en 2020 supuso una ruptura con las convenciones habituales de las ficciones de época. La serie, ambientada en la Inglaterra de la Regencia (1811-1820), llamó la atención por su estética lujosa y su tono melodramático, pero también por la decisión consciente de presentar un pasado diverso, en el que personajes afrodescendientes ocupan posiciones de poder y prestigio social. Este enfoque revisionista, más cercano a una “ucronía estética” que a una reconstrucción histórica, abrió un intenso debate cultural: ¿se trata de una representación liberadora que reimagina la historia de manera más inclusiva, o de una banalización posmoderna que distorsiona el pasado para el consumo masivo?

Más allá de las polémicas, Los Bridgerton revela mucho sobre nuestra relación contemporánea con la historia. La serie no pretende ofrecer rigor académico, sino proponer un relato que dialogue con las preocupaciones actuales sobre diversidad, género y representación. En ese sentido, funciona como espejo de nuestro presente más que como ventana al pasado. Su éxito global demuestra que existe un público dispuesto a consumir historias históricas que se alejen de la rigidez documental para abrir nuevas posibilidades narrativas. Así, Los Bridgerton contribuye a repensar quién tiene derecho a aparecer en los relatos del pasado y de qué manera.
Juego de tronos (HBO, 2011-2019) y la historia ficcionalizada
Aunque Juego de Tronos no es una serie histórica en sentido estricto, su ambientación y conflictos se inspiran directamente en procesos y estructuras del pasado, especialmente en la Europa medieval. Intrigas dinásticas, guerras de sucesión, estrategias de poder y tensiones religiosas evocan episodios como la Guerra de las Dos Rosas o la fragmentación feudal. Esta hibridación entre fantasía y realismo histórico explica en buena medida su éxito: el público reconoce patrones familiares del pasado, aunque envueltos en un universo de dragones y magia.

Uno de los rasgos más celebrados de la serie es su “realismo crudo”: la violencia, el sexo, la corrupción y la fragilidad de la vida humana se muestran sin edulcorantes. En este sentido, Juego de Tronos reintrodujo en la cultura popular una visión del Medievo alejada de la idealización caballeresca, acercándola a la brutalidad y la precariedad de la época. Al mismo tiempo, incorporó debates actuales sobre género y poder: personajes como Daenerys Targaryen, Cersei Lannister o Arya Stark permitieron explorar cuestiones de agencia femenina en sociedades patriarcales.
De este modo, aunque ficticia, y con un final que no contentó mucho, la serie cambió la forma en que muchas audiencias contemporáneas conciben “lo medieval”, mostrando que incluso la fantasía puede moldear nuestra percepción histórica.
Series feministas y decoloniales: The Crown, Hernán y otras
Más allá de los grandes éxitos globales, en la última década han proliferado series que abordan la historia desde perspectivas críticas, feministas o decoloniales. The Crown (Netflix, 2016-) es uno de los ejemplos más influyentes: al humanizar a la familia real británica, muestra sus debilidades, tensiones políticas y contradicciones personales. Para algunos críticos, funciona como propaganda suave que refuerza el mito de la monarquía, pero para otros ofrece una oportunidad de reflexionar sobre la fragilidad de las instituciones y el peso simbólico del poder.

En otro registro, Hernán (Amazon Prime, 2019) replantea la conquista de México desde una mirada que cuestiona el relato eurocéntrico tradicional. La serie intenta mostrar la complejidad de los actores indígenas, así como los conflictos internos de los conquistadores, proponiendo una visión más plural y menos épica del proceso. Este esfuerzo se enmarca en una tendencia más amplia de producciones que buscan revisar la historia colonial desde las voces marginadas.
Otras series recientes, como Gentleman Jack o Anne with an E, han introducido perspectivas de género y diversidad en contextos históricos, revelando hasta qué punto el audiovisual puede convertirse en un espacio de resistencia simbólica. Estas producciones reinterpretan la historia para interpelar al presente.
El dilema de la fidelidad histórica
Una de las cuestiones más controvertidas en torno a las producciones históricas es el equilibrio entre rigor y creatividad. Los historiadores suelen señalar los errores, anacronismos o licencias narrativas de muchas películas y series, mientras que guionistas y productores defienden la necesidad de dramatizar para llegar al público. Este dilema no es menor: lo que millones de espectadores creen sobre un período histórico suele depender más de lo que ven en pantalla que de lo que leen en manuales académicos.
Ejemplos abundan. Malditos Bastardos (2009), de Quentin Tarantino, reescribe la Segunda Guerra Mundial con un final alternativo en el que Hitler muere en un cine parisino, desafiando cualquier fidelidad histórica, pero planteando una catarsis simbólica para el espectador. Por otro lado, filmes como Operación Final (2018) buscan un acercamiento más riguroso a episodios concretos, aunque también recurren a recursos de suspense para mantener la tensión narrativa.

En el ámbito de las series, el debate se repite: ¿hasta qué punto The Crown relata hechos verificables o ficcionaliza conversaciones privadas imposibles de documentar? Este conflicto revela que lo “verdadero” en el audiovisual histórico depende tanto de la exactitud factual como de la capacidad de generar sentido y resonancia cultural en el presente.
Impacto en la educación y la cultura popular
El alcance de las series y películas históricas trasciende el entretenimiento. Para gran parte del público, constituyen la primera —y a veces la única— aproximación a ciertos períodos del pasado. Este fenómeno convierte al audiovisual en una herramienta pedagógica poderosa, aunque también problemática. En el aula, por ejemplo, profesores de historia recurren a fragmentos de Roma, The Crown o Los Bridgerton para generar interés y discutir cómo se construyen los relatos históricos.
El impacto en la cultura popular es aún mayor. Producciones como Braveheart reavivaron el sentimiento nacionalista en Escocia; Juego de Tronos consolidó un imaginario “realista” sobre la Edad Media, aunque ficticio; y Los Bridgerton puso en circulación una versión inclusiva de la Inglaterra de la Regencia que ha inspirado debates sobre representación en los medios. Estas narrativas acaban influyendo en el presente: alimentan debates identitarios, legitiman o cuestionan instituciones y llegan a convertirse en referentes culturales globales.

El riesgo es claro: la espectacularización puede derivar en mitificación o en simplificación excesiva. Sin embargo, su potencial democratizador es innegable, pues acercan la historia a públicos amplios y diversos.
La historia en clave audiovisual
Las series y películas históricas se han convertido en agentes activos en la construcción de la memoria colectiva. El audiovisual contemporáneo nos recuerda que el pasado no es un bloque fijo, sino un terreno en constante reinterpretación. Estas producciones reflejan la historia, pero también hablan de nuestro presente: de nuestras preocupaciones por la representación, de los debates sobre género y poder, de la necesidad de repensar la herencia colonial o de la fascinación por el espectáculo. La tensión entre fidelidad histórica y libertad creativa seguirá generando controversias, pero también abre nuevas posibilidades para acercar la historia a audiencias globales. En la era del streaming, mirar el pasado en clave audiovisual es otra forma de repensar quiénes somos y hacia dónde queremos ir.