martes, febrero 24, 2026
InicioEntretenimientoMi relación con el descanso (y aprender a no hacer nada)

Mi relación con el descanso (y aprender a no hacer nada)

-

Nunca he sabido descansar del todo. O, mejor dicho: nunca he sabido hacerlo sin agobiarme o sentir que estoy perdiendo el tiempo.

Vivimos en una cultura que ha convertido la productividad en una virtud moral. No basta con hacer; hay que hacer más, más rápido y mejor. Y si no estamos produciendo algo, sea lo que sea, parece que estamos fallándonos a nosotros mismos.

Por ello, el descanso no es un derecho natural del cuerpo, sino una concesión estratégica: se descansa para rendir más después. Dormimos para trabajar mejor. Desconectamos para ser más eficientes. Incluso el ocio se convierte en optimización.

Mi relación con el descanso ha estado marcada por esa lógica. En los últimos años, parar siempre me ha resultado incómodo. El silencio me inquietaba. La pausa se sentía como un hueco que debía rellenarse. Como si no estuviera haciendo lo suficiente por sacar un rato en el que no tenía nada que hacer. Pero, poco a poco, he empezado a preguntarme: ¿qué pasaría si no hacer nada no fuera un fallo, sino una forma distinta de estar en el mundo?

El descanso como culpa: la interiorización del rendimiento

No es que no sepas descansar; es que has aprendido a sentir culpa cuando lo haces. La incomodidad que aparece al parar no surge de la nada, es el resultado de una pedagogía de la productividad que te ha enseñado a medir tu valor en términos de rendimiento. Desde muy temprano, el tiempo se organiza en función de la utilidad: estudiar para aprobar, trabajar para progresar, entrenar para mejorar, descansar para volver a producir.

El problema no es el descanso en sí, sino su subordinación. Solo parece legítimo cuando cumple una función instrumental. Si no te hace más eficiente, más creativo o fuerte, entonces empieza a parecer sospechoso. Por eso, cuando no haces nada, surge una sensación de deuda. Como si estuvieras incumpliendo un contrato invisible. Como si el tiempo fuera un recurso que debes rentabilizar constantemente. La quietud se interpreta como pérdida; la pausa, como retraso.

Lo más inquietante es que ya no necesitas supervisión externa: la exigencia se ha interiorizado. Eres tú quien se vigila, quien calcula, quien convierte cada momento en evaluación. Así, el descanso deja de ser una experiencia corporal y se convierte en un problema moral. Y mientras tanto, la pregunta que surge es: ¿mereces parar si todavía no has hecho suficiente?

El cuerpo como campo de batalla

El cuerpo es el primer lugar donde se inscribe la lógica del rendimiento. No hace falta que alguien te lo imponga explícitamente; basta con que interiorices la idea de que el cansancio es un obstáculo y no un mensaje. Entonces, empiezas a negociar con tus propios límites: un poco más, un rato más, una tarea más. El agotamiento, así, se convierte en algo que hay que gestionar, disimular o superar.

El cuerpo pasa a ser un instrumento. Se optimiza, se regula, se corrige. Se le exige constante concentración y disponibilidad, así como la adaptación a ritmos artificiales. Incluso el descanso se planifica como si fuera parte de una estrategia de mantenimiento. No descansas porque lo necesites, sino porque conviene.

En ese proceso, aprendes a desconfiar de las sensaciones que no encajan con la productividad, como la fatiga, la dispersión o la lentitud. Las interpretas como fallos individuales en lugar de como respuestas naturales a un entorno acelerado.

Pero el cuerpo no es infinito. Cuando la exigencia se cronifica, responde. No siempre dramáticamente, pero sí con pequeñas señales: dificultad para concentrarte, irritabilidad, insomnio o una sensación difusa de saturación. Son formas de “resistencia” frente a una lógica que lo trata como recurso explotable.

El descanso, entonces, deja de ser una elección y se convierte en una necesidad que el cuerpo impone cuando ya no puede sostener el ritmo. Escucharlo implica cuestionar la idea de que siempre puedes más. Y esa renuncia, es decir, aceptar que no puedes todo el tiempo, desestabiliza la fantasía de autosuficiencia que el rendimiento necesita para mantenerse intacto.

No hacer nada: miedo, vacío y resistencia

No hacer nada no es simplemente suspender la actividad. Es enfrentarte a un espacio que no está estructurado por objetivos. Cuando desaparece la tarea, aparece algo más incómodo: el vacío. No un vacío grandilocuente, sino uno cotidiano y concreto. El instante en el que no hay nada que optimizar, responder o producir. Y, en ese instante, surge una inquietud difícil de nombrar.

Si no estás haciendo nada, ¿qué eres?

La pregunta puede parecer exagerada, pero revela hasta qué punto la identidad contemporánea está anclada en la actividad. Te defines por lo que haces, por lo que entregas, por lo que avanzas. La pausa interrumpe esa narrativa de progreso continuo. Te deja sin indicadores visibles.

El miedo al no-hacer no es miedo a la inactividad en sí, sino a la pérdida de referencia: sin productividad no hay métrica; sin métrica no hay comparación; sin comparación, el yo queda momentáneamente desprotegido. Por eso el vacío resulta tan perturbador: no ofrece validación inmediata.

Sin embargo, en esa ausencia de validación se abre una posibilidad. Cuando no hay finalidad externa, el tiempo deja de estar subordinado a un resultado. La experiencia, entonces, comienza a sostenerse por sí misma. Ese tipo de tiempo, que parece que no es tan rentable, contradice esa lógica dominante.

No hacer nada, entonces, puede convertirse en una forma de resistencia mínima pero significativa. Es negarte a convertir cada instante en capital simbólico o productivo. Es aceptar que la existencia no necesita justificarse a través del rendimiento. Entonces, el vacío deja de ser amenaza cuando deja de medirse con criterios de utilidad. Y en ese desplazamiento se insinúa algo radical hoy en día: que quizá tu valor no dependa de estar siempre en movimiento.

El descanso como acto político

Te han hecho creer que tu agotamiento es un problema de gestión personal. Que, si estás cansado, es porque no te organizas bien. Que, si no llegas, es porque no priorizas correctamente. Que, si te saturas, necesitas una mejor técnica de productividad. La responsabilidad se desplaza hacia ti, mientras el ritmo general permanece incuestionado.

Pero el cansancio no es solo individual; es sistémico. Vives en una cultura de aceleración permanente. La tecnología ha borrado los límites entre trabajo y descanso, entre presencia y disponibilidad. Siempre puedes responder un mensaje más, revisar una notificación más, avanzar una tarea más. Incluso el ocio se convierte en consumo optimizado.

En este contexto, descansar sin finalidad productiva resulta casi provocador, ya que irrumpe la lógica de disponibilidad continua. Cuando no respondes inmediatamente, cuando no capitalizas cada experiencia, cuando no enfocas tu vida en constante rendimiento, introduces una pequeña grieta en el engranaje.

El descanso, entendido así, deja de ser simplemente recuperación biológica para convertirse en una negativa a participar constantemente en la carrera. En sustraer el cuerpo y la atención de una economía que los considera recursos explotables. Se trata de cuestionar la idea de que tu valor depende de estar siempre produciendo algo medible.

Descansar, entonces, no es abandonar tu realidad; es rehusar una forma concreta de habitarla. Y esa negativa, aunque sea íntima, silenciosa y aparentemente insignificante, tiene una dimensión política: afirma que el tiempo no es solo mercancía y que la vida no puede reducirse a rendimiento.

Aprender a descansar: prácticas y fricciones

Aprender a descansar no es incorporar una nueva técnica de organización. No es añadir el descanso a tu lista de tareas como si fuera un hábito más que perfeccionar. Si lo haces así, el descanso queda absorbido por la misma lógica que intentabas cuestionar.

La dificultad no está en saber qué hacer mientras descansas, sino en sostener el malestar que aparece cuando dejas de producir. Porque al principio hay inquietud, y aparece el impulso de revisar algo, de adelantar algo o de justificar el tiempo.

Por eso, más que grandes prácticas, lo que transforma es la repetición de gestos mínimos: dejar espacios en blanco sin rellenarlos de inmediato; permitirte una tarde improductiva sin convertirla en deuda futura; no convertir cada experiencia en contenido compartible; aceptar que hay días en los que no avanzas.

El aprendizaje consiste en tolerar la sensación de “no estar haciendo suficiente” sin reaccionar automáticamente para corregirla. Descansar también implica redefinir qué consideras valioso. Hay formas de experiencia que no son cuantificables: conversaciones sin objetivo, paseos sin destino, pensamientos que no desembocan en resultados. Sostienen algo más básico que las ganancias materiales: la continuidad del cuerpo y la mente.

Aprender a no hacer nada es, en realidad, aprender a no instrumentalizar cada minuto. No siempre lo conseguirás. Habrá recaídas en la autoexigencia, intentos de compensación, días en los que el descanso se convierta otra vez en estrategia productiva. El proceso no es lineal. Pero cada vez que decides no llenar el vacío inmediatamente, ensayas otra relación con el tiempo. Y esa práctica modifica la forma en que habitas tu propia vida.