El 27 de julio de 2026 se cumplen 750 años de la muerte de Jaime I de Aragón, conocido como el Conquistador, un monarca muy destacado de la Edad Media peninsular. Falleció tras más de seis décadas de reinado, ocupando un lugar central en la memoria histórica de Aragón, Cataluña, Baleares y, especialmente, la Comunidad Valenciana, donde numerosas actividades culturales, educativas e institucionales recuerdan este año su legado.

Nació en Montpellier en 1208 y fue coronado cuando apenas era un niño, consiguiendo afianzar su poder en un periodo marcado por las disputas nobiliarias y encabezando la expansión de la Corona de Aragón hacia Mallorca y Valencia. Sus campañas modificaron el mapa político del Mediterráneo occidental y dieron origen a nuevos reinos, instituciones y ordenamientos jurídicos, pero también provocaron repartos de tierras, desplazamientos y muchas transformaciones para las poblaciones musulmanas de los territorios conquistados. Entre la historia y la leyenda, su reinado dejó una herencia política, territorial y cultural que continúa presente siete siglos y medio después.
Un rey niño en una corona debilitada
La infancia de Jaime I estuvo marcada por las disputas familiares y la inestabilidad política. Nació en Montpellier en 1208, hijo de Pedro II de Aragón y María de Montpellier, cuyo matrimonio atravesaba una profunda crisis. El propio Llibre dels fets rodearía posteriormente su concepción y nacimiento de elementos legendarios, destinados a presentar su llegada al mundo como un acontecimiento casi providencial.
Cuando todavía era muy pequeño, Jaime quedó en poder de Simón de Montfort, a quien había sido entregado como parte de un acuerdo matrimonial para casarlo con su hija Amicia. Su situación cambió tras la muerte de Pedro II en la batalla de Muret, en 1213. Con apenas cinco años heredó los dominios de su padre, aunque Monfort se resistió inicialmente a devolverlo. La intervención del papa Inocencio III permitió finalmente que el niño regresara a sus territorios y quedara bajo la protección de los templarios del castillo de Monzón.
Su condición de rey no aseguró, sin embargo, el control efectivo de la Corona. Durante su minoría de edad, distintos sectores de la nobleza disputaron el poder y aprovecharon la debilidad de la monarquía. Incluso después de comenzar a gobernar, Jaime I tuvo que afrontar rebeliones, enfrentamientos entre linajes y episodios en los que llegó a quedar retenido por sus propios nobles. Antes de convertirse en el Conquistador, tuvo que consolidar una autoridad que fue más nominal que efectiva.
De la inestabilidad a la expansión territorial
El equilibrio comenzó a cambiar durante la década de 1220. Tras varios enfrentamientos con los linajes que trataban de limitar su autoridad, Jaime I alcanzó en 1227 la Concordia de Alcalá, un acuerdo que puso fin a una de las principales rebeliones nobiliarias de sus primeros años de reinado. Aunque las tensiones con la aristocracia no desaparecieron del todo, el monarca consiguió fortalecer su posición y reunir los apoyos necesarios para emprender nuevas campañas militares.
La expansión hacia los territorios musulmanes ofrecía una vía para aumentar el prestigio de la monarquía, ampliar sus dominios y satisfacer los intereses de nobles, eclesiásticos y ciudades comerciales. También permitía orientar hacia un objetivo común a unas élites que hasta entonces habían competido entre sí por el control de la Corona. Después de un intento fallido de tomar Peñíscola en 1225, el siguiente gran objetivo fue Mallorca, cuya situación resultaba estratégica para las rutas comerciales del Mediterráneo occidental. Las Cortes celebradas en Barcelona en 1228 respaldaron la empresa y, al año siguiente, una flota dirigida por Jaime I partió hacia la isla. Comenzaba, así, la etapa que terminaría convirtiéndolo en conquistador.
Mallorca y el salto hacia el Mediterráneo
En septiembre de 1229, la expedición reunida por el monarca zarpó desde varios puertos de la costa catalana y desembarcó en Santa Ponsa, en el suroeste de Mallorca. Después de vencer a la resistencia musulmana, las tropas cristianas sitiaron Madina Mayurqa, la actual Palma, que cayó el 31 de diciembre de aquel año. La ocupación de resto de la isla se prolongó hasta 1232, debido a la resistencia en las zonas montañosas.

La conquista tuvo una enorme importancia estratégica. Mallorca se encontraba en una posición privilegiada dentro de las rutas comerciales del Mediterráneo occidental y su incorporación permitió ampliar la presencia marítima de la Corona de Aragón. Sobre el territorio conquistado se constituyó el Reino de Mallorca y se distribuyeron tierras y propiedades entre la Corona, la nobleza, las órdenes religiosas y quienes habían participado en la campaña. Para la sociedad islámica de la isla, el cambio fue radical: una parte de la población murió durante la guerra, huyó o fue esclavizada, mientras se impulsaba el asentamiento de nuevos pobladores cristianos, procedentes, en su mayoría, de Cataluña.
La expansión continuó en 1235 con la conquista de Ibiza y Formentera, encabezada por Guillem de Montgrí y otros nobles con la autorización del monarca. Menorca, en cambio, no fue ocupada durante el reinado de Jaime I. Mediante el Tratado de Capdepera de 1231, sus autoridades musulmanas reconocieron la soberanía del rey y aceptaron pagarle tributo, aunque conservaron el gobierno de la isla hasta la conquista cristiana de 1287 a manos de Alfonso III de Aragón.
Valencia, la conquista que definió su reinado
Después de Mallorca, Jaime I dirigió su expansión hacia las tierras valencianas, entonces fragmentadas políticamente tras la descomposición del poder almohade. La campaña avanzó gradualmente, combinando iniciativas de la nobleza con operaciones encabezadas por el monarca. La ocupación de Morella y Burriana, entre otras, permitió a las tropas cristianas avanzar hacia el sur, mientras que la victoria en la batalla de El Puig, en 1237, abrió el camino hacia la capital.
Valencia capituló en septiembre de 1238 y Jaime I realizó su entrada solemne en la ciudad el 9 de octubre. La conquista del territorio, sin embargo, no terminó allí: las campañas continuaron durante los años siguientes hasta alcanzar las tierras situadas al sur del Júcar. Sobre estos dominios se constituyo el Reino de Valencia, integrado en la Corona de Aragón, pero dotado de personalidad política, instituciones y legislación propias. Los Furs de València se convirtieron en la base de su ordenamiento jurídico y contribuyeron a diferenciarlo tanto de Aragón como de Cataluña.

La conquista también transformó profundamente la composición social y la propiedad de la tierra. Los bienes fueron repartidos entre la nobleza, clero y nuevos pobladores, principalmente catalanes y aragoneses. Una parte de la población musulmana fue expulsada o desplazada, aunque muchas comunidades permanecieron en el nuevo territorio cristiano, especialmente en las áreas rurales. Las tensiones provocadas por el avance feudal, la pérdida de propiedades y el incumplimiento de algunos acuerdos desembocaron en rebeliones.
Pactos, leyes y una Corona de territorios diversos
La ampliación de sus dominios obligó a Jaime I a mantener un complejo equilibrio entre territorios con intereses, leyes e instituciones diferentes. La Corona de Aragón no constituía un Estado unitario en el sentido moderno, sino una monarquía formada por diversos reinos y condados vinculados a un mismo soberano. El rey debía negociar con las cortes, ciudades, nobles y autoridades eclesiásticas de cada uno de ellos.
Su política también estuvo marcada por las alianzas dinásticas y diplomáticas. En 1235 contrajo matrimonio con Violante de Hungría, que tuvo una presencia relevante en la corte y con quien tuvo numerosos hijos. Jaime I estrechó también sus relaciones con Castilla y, entre 1265 y 1266, intervino en Murcia para ayudar a su yerno Alfonso X frente a la rebelión de la población mudéjar. Una vez sometido el territorio, lo devolvió a la Corona castellana.
En el norte, el Tratado de Corbeil, firmado con Luis IX de Francia en 1258, puso fin a las reclamaciones feudales. El monarca francés renunció a sus derechos sobre los condados catalanes, mientras Jaime I abandonó la mayor parte de sus pretensiones sobre territorios occitanos. Este acuerdo contribuyó a estabilizar la frontera pirenaica y confirmó la orientación peninsular y mediterránea de la Corona.
No obstante, el reparto de sus dominios entre sus hijos volvió a fragmentar el conjunto. Pedro (futuro Pedro III de Aragón) heredó Aragón, Valencia y los condados catalanes, mientras que Jaime (futuro Jaime II de Mallorca) recibió el reino de Mallorca, los condados de Rosellón y Cerdeña y el señorío de Montpellier. Esta división generaría, posteriormente, tensiones entre ambas ramas de la dinastía.
El rey que narró sus propias hazañas
Buena parte de lo que conocemos sobre su vida procede del Llibre dels fets, una crónica singular dentro de la iconografía medieval europea. El monarca no escribió materialmente la obra (seguramente nunca supo ni leer ni escribir), pero dictó y supervisó el relato de su propia vida, narrado en primera persona y compuesto en catalán medieval. El texto reúne acontecimientos políticos y militares junto con recuerdos, conversaciones y anécdotas personales.

Las conquistas de Mallorca y Valencia ocupan un lugar central en una narración destinada a conservar la memoria de sus grandes hazañas. Jaime I se presenta como un gobernante valiente, prudente y favorecido por la voluntad divina, capaz de superar las dificultades que marcaron su infancia y de cumplir la misión cristiana. De este modo, la crónica construye una imagen del soberano y legitima sus decisiones ante sus contemporáneos y las generaciones posteriores.
El Llibre dels fets constituye una fuente histórica y literaria de gran valor, aunque debe leerse teniendo en cuenta su carácter autobiográfico e interesado. Esa combinación, de hecho, permite conocer tanto los sucesos de su reinado como la manera en la que Jaime I quiso ser recordado. Su relato contribuyó a convertir al personaje histórico en una figura rodeada de rasgos heroicos y providenciales.
La muerte del rey y el nacimiento de la leyenda
En el verano de 1276, mientras afrontaba una nueva rebelión de las comunidades musulmanas valencianas, Jaime I enfermó gravemente en Alzira. Murió el 27 de julio, a los 68 años, después de un reinado de más de seis décadas, constituyendo el reinado más largo de toda la historia de España. Sus restos permanecieron inicialmente en la catedral de Valencia y fueron trasladados en 1278 al monasterio de Poblet, donde eligió ser enterrado. La destrucción y el abandono sufridos durante el siglo XIX obligaron a llevarlos a Tarragona en 1843. No regresarían a los panteones reales restaurados de Poblet hasta 1952.

Para entonces, el personaje histórico llevaba siglos convertido en leyenda. Los relatos sobre su nacimiento providencial su fortaleza física y la protección divina recibida durante sus campañas contribuyeron a construir la imagen de un soberano excepcional. A ellos se añadieron tradiciones de difícil comprobación, como la intervención de un murciélago que habría alertado a sus tropas durante la conquista de Valencia. Monumentos, calles, celebraciones y representaciones artísticas mantienen viva su memoria, especialmente en los territorios incorporados durante su reinado. Jaime I se convirtió, así, en un símbolo histórico e identitario.