El calentamiento global está provocando un rápido incremento de las temperaturas en las regiones polares y subárticas, un fenómeno que impacta de manera muy significativa sobre el permafrost, es decir, los suelos y sedimentos que han permanecido congelados durante miles de años. El derretimiento de este hielo ancestral, además de liberar grandes cantidades de gases de efecto invernadero (como dióxido de carbono y metano) que aceleran el cambio climático, también expone restos biológicos y microorganismos que han estado latentes desde tiempos prehistóricos.

En los últimos años, han logrado revivir virus y microbios atrapados en el permafrost siberiano, algunos con decenas de miles de años de antigüedad, lo que ha dado lugar a titulares sensacionalistas sobre supuestos «virus zombis» capaces de resurgir con el deshielo.
Sin embargo, ¿qué hay de realidad científica detrás de estas afirmaciones? ¿Supone realmente este fenómeno una amenaza para la salud humana o es, más bien, una alarma exagerada?
¿Qué es exactamente el permafrost?
El permafrost es una capa de suelo, roca o sedimento que ha permanecido congelada de manera continua durante al menos dos años sin descongelarse en ningún momento del año. Esta definición (aceptada por geocientíficos) se basa en la temperatura del suelo más que en la del aire, y aunque el límite mínimo es de dos años, en muchas regiones este suelo ha estado congelado durante cientos o incluso miles de años.
Se encuentra principalmente en las regiones polares del hemisferio norte, como Siberia (Rusia), el norte de Canadá, Alaska y Groenlandia, así como en algunas zonas de alta montaña. Allí el clima permanece lo bastante frío como para que grandes extensiones de tierra hayan estado bajo cero durante largos periodos, lo que ha permitido la formación de este suelo permanente.
El permafrost se compone de una mezcla de tierra, arena, grava, roca, hielo y materia orgánica (como restos vegetales, raíces o animales) que han quedado atrapados y preservados en el suelo congelado. Debajo de la superficie helada suele existir una “capa activa” que se descongela cada verano y vuelve a congelarse en invierno, mientras que el permafrost profundo permanece congelado incluso en verano.
Además de su interés geológico, el permafrost desempeña un papel clave en el clima global: actúa como un enorme almacén de carbono orgánico y microorganismos, que, al descongelarse, pueden liberar gases de efecto invernadero o volver a activar formas de vida antiguas.
Los microorganismos atrapados en el hielo
Además de materia orgánica inanimada, el permafrost contiene microorganismos que han quedado atrapados y preservados durante miles de años en un estado de latencia. Estos pueden incluir bacterias, virus y otros microorganismos cuya actividad metabólica se detuvo cuando quedaron congelados.
Hallazgos científicos reales
Varios grupos de investigadores han logrado aislar y “reactivar” virus antiguos en laboratorios a partir de muestras de permafrost siberiano. Por ejemplo, se han recuperado virus gigantes como el Pandoravirus yedoma, que data de alrededor de 48.500 años, y que capaz de infectar determinadas amebas (células de Acanthamoeba) en condiciones experimentales controladas. Otros virus identificados han sido el Pithovirus sibericum y el Mollivirus sibericum en muestras congeladas de hace decenas de miles de años, lo que demuestra que el hielo puede preservar material viral durante largos periodos.
En estudios más recientes también se ha observado que microorganismos antiguos, incluidos algunos que llevan hasta 40.000 años congelados, pueden reactivarse cuando se descongelan lentamente y volver a mostrar actividad metabólica, como crecimiento o producción de gases como dióxido de carbono en ciertas condiciones experimentales.

¿Qué significa «reactivar» en ciencia?
Cuando los científicos describen que han «reactivado» un virus o un microbio del permafrost, se refieren a que, en condiciones controladas de laboratorio, el organismo recupera funciones biológicas básicas (por ejemplo, infectar una célula huésped en el caso de virus específicos de amebas).
Es importante notar que la mayoría de estos virus antiguos identificados hasta ahora solo infectan organismos muy específicos, como algunas amebas, y no hay evidencia de que tengan capacidad de infectar a animales o humanos modernos.
Bacterias y otros microbios
Además de virus, estudios han encontrado ADN de bacterias antiguas en permafrost de decenas de miles de años, incluidas bacterias con genes de resistencia a antibióticos, lo que sugiere que la diversidad microbiana congelada es amplia y compleja.
Estos hallazgos sitúan al permafrost como un auténtico «archivo» biológico de la historia terrestre, con un repertorio de microorganismos que han quedado en suspensión desde épocas pasadas.
¿De dónde sale el término “virus zombi”? ciencia vs. sensacionalismo
El apelativo “virus zombis” ha surgido más en medios de comunicación y divulgación que en la literatura científica formal para describir virus antiguos que han permanecido congelados en el permafrost y que podrían volver a ser infecciosos si se descongelan. Este término busca impactar y ser accesible para el público general, evocando la idea de algo “muerto” que vuelve a la vida, al estilo de las historias de zombis de la cultura popular.
¿Por qué se usa este término?
La palabra zombi es llamativa y fácil de recordar, por lo que muchos artículos y vídeos la emplean para captar la atención del lector o espectador. En ciencia, el término se ha popularizado para referirse a virus antiguos que, tras permanecer durante largos periodos en estado latente bajo el hielo, pueden recuperar cierta actividad biológica cuando se exponen a condiciones favorables en laboratorios. No obstante, los investigadores rara vez usan «virus zombis» en publicaciones científicas; prefieren hablar de virus «antiguos», «prehistóricos» o «de permafrost».
El contexto científico detrás del nombre
El origen de este mito está en experimentos reales donde científicos han logrado revivir virus antiguos; por ejemplo, aislando varias familias de virus gigantes de permafrost siberiano que llevan decenas de miles de años congelados y que pueden infectar amebas en condiciones de laboratorio.
Sin embargo, la gran mayoría de estos virus no son patógenos humanos ni animales, lo que disminuye su potencial inmediato de causar enfermedades entre nosotros.
Sensacionalismo vs. evidencia científica
El uso de «virus zombis» puede generar confusión sobre el verdadero nivel de riesgo, ya que:
- Implica una amenaza inminente o fantástica, similar a la de las películas, que no está respaldada por evidencia científica actual.
- Puede exagerar la idea de que estos virus podrían desencadenar pandemias como si se tratara de organismos listos para infectar humanos, algo que no ha sido demostrado.
- Reforzar imaginarios sensacionalistas distrae de los debates científicos legítimos sobre el permafrost y su impacto ecológico y sanitario.
Riesgos potenciales para la salud y los ecosistemas
Aunque el foco mediático suele centrarse en los «virus zombis», los riesgos reales asociados al deshielo del permafrost son más amplios e involucran aspectos de salud, ecología y dinámica de enfermedades emergentes.
Riesgos de patógenos antiguos
Una preocupación entre algunos científicos es que el deshielo pueda liberar microbios antiguos, incluidos virus y bacterias que han estado atrapados milenios en el hielo. Varios expertos señalan que no puede descartarse la posibilidad de que algunos de estos virus puedan infectar a humanos o animales modernos, dada la enorme diversidad biológica conservada en el permafrost.
Un ejemplo es el brote de ántrax en Siberia en 2016, vinculado a la descongelación de un reno muerto desde hace aproximadamente 75 años cuyas esporas bacterianas sobrevivieron bajo el permafrost, causando decenas de hospitalizaciones y al menos una muerte infantil. Aunque Bacillus anthracis no es un virus, sino una bacteria, y está presente también en suelos de muchas regiones templadas, esto ilustra cómo agentes patógenos pueden aguantar y volver a activarse tras muchos años congelados.
Interacciones con enfermedades emergentes
La ciencia también ha subrayado que el derretimiento del permafrost no ocurre en aislamiento geográfico o biológico. A medida que se desplazan comunidades humanas, animales y actividades económicas hacia las regiones árticas, los contactos entre patógenos latentes y nuevos huéspedes o vectores aumentan, potenciando los escenarios de infecciones emergentes y zoonosis (enfermedades que pasan de animales a humanos).
A esto se suma que algunos microbios antiguos podrían portar genes de resistencia a antibióticos o nuevas combinaciones genéticas que puedan intercambiarse con bacterias modernas, contribuyendo a problemas ya existentes en salud pública.

Impactos ecológicos y medioambientales
Más allá de los patógenos concretos, el deshielo del permafrost puede alterar profundamente los ecosistemas locales. Estudios indican que el suelo que se descongela cambia la composición de los hábitats, lo que puede favorecer patógenos que afectan a plantas o animales, y desequilibrar relaciones ecológicas antiguas. Por ejemplo, plantas y cultivos vulnerables podrían enfrentarse a bacterias o virus liberados que antes no circulaban en esos ambientes, con consecuencias para la productividad biológica y la seguridad alimentaria tanto local como potencialmente más vasta.
El deshielo también influye en la liberación de microbios que aceleran la degradación de materia orgánica, liberando dióxido de carbono y metano que retroalimentan el calentamiento global. Este proceso contribuye a un ciclo de calentamiento que puede, de forma indirecta, crear condiciones más favorables para la aparición y dispersión de enfermedades en distintas partes del planeta.
El deshielo del permafrost como problema global
El deshielo del permafrost no es un fenómeno limitado a las regiones árticas: sus efectos repercuten en la dinámica climática global, en el ciclo del carbono y en el equilibrio de los ecosistemas del planeta.
Un almacén gigantesco de carbono
El permafrost almacena enormes cantidades de material orgánico congelado acumulado durante siglos o milenios. De hecho, se cree que contiene hasta cuatro veces más carbono que el total de dióxido de carbono (CO₂) emitido por los humanos en época moderna. Este carbono se mantuvo estable mientras permanecía congelado, pero, al descongelarse, queda expuesto a procesos biológicos que lo liberan a la atmósfera de nuevo como gases de efecto invernadero.
Retroalimentación climática: un “ciclo perverso”
Cuando el permafrost se derrite, microorganismos comienzan a descomponer la materia orgánica, liberando CO₂, pero también metano (CH₄), un gas que tiene un potencial de calentamiento mucho mayor que el dióxido de carbono en horizontes temporales más cortos.
Estos gases no se reabsorben rápidamente, y, al aumentar su concentración en la atmósfera, intensifican el calentamiento global. Esto a su vez acelera aún más el deshielo del permafrost, lo que crea una retroalimentación positiva difícil de detener en escalas temporales humanas.
Impactos climáticos globales
Este proceso tiene implicaciones más allá del Ártico. Al liberar más gases de efecto invernadero, el deshielo del permafrost contribuye a elevar las temperaturas medias globales, lo que puede:
- Alterar patrones climáticos regionales y globales.
- Incrementar fenómenos extremos (olas de calor, sequías, tormentas intensas).
- Poner en riesgo los objetivos climáticos internacionales, como los del Acuerdo de París para limitar el calentamiento a menos de 2 °C por encima de niveles preindustriales.
Un posible umbral crítico
Algunos estudios estiman que, si el calentamiento global continúa al ritmo actual, una parte sustancial del permafrost de superficie podría desaparecer durante este siglo, liberando cantidades significativas de gases que ya no se podrían «volver a congelar» ni recuperar en tiempos relevantes para las políticas climáticas.
Aunque los modelos climáticos aún no pueden precisar con exactitud cuánto carbono será liberado ni en qué plazos, hay consenso en que la contribución de los suelos árticos al calentamiento futuro será relevante y debe considerarse cuidadosamente en las estrategias de mitigación del cambio climático.
¿Estamos preparados para este tipo de amenazas?
La idea de que virus antiguos puedan emerger del permafrost plantea la pregunta de si nuestros sistemas de salud y vigilancia están listos para manejar microorganismos desconocidos. Hasta ahora, no hay evidencia científica de que virus ancestrales capaces de infectar humanos o animales modernos hayan sido liberados del permafrost. Las investigaciones que han logrado «reactivar» patógenos antiguos lo han hecho en condiciones de laboratorio controladas y con microorganismos que infectan amebas u otras formas de vida simples, no organismos patógenos para personas o animales actuales.
Sin embargo, el contexto global de enfermedades emergentes y reemergentes (como hemos visto con brotes de virus zoonóticos en las últimas décadas) subraya la importancia de contar con sistemas de vigilancia epidemiológica robustos, laboratorios de bioseguridad y cooperación internacional para detectar y responder a nuevos riesgos.
Expertos en salud pública y microbiología insisten en que la prevención, la investigación continua y la preparación son claves: no para anticipar un «virus zombi», sino para enfrentar amenazas reales de patógenos emergentes, ya sean liberados por cambios ambientales o resultado de otras dinámicas ecológicas.