sábado, agosto 1, 2026
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El Capricho de Cotrina: el sueño modernista que continúa creciendo en Extremadura

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En la provincia de Badajoz, a la entrada de Los Santos de Maimona por la carretera que conecta la localidad con Zafra, ya puede apreciarse la majestuosidad del Capricho de Cotrina, como si fuera una construcción procedente de otro mundo. Sus formas ondulantes, sus colores y la multitud de criaturas que forman parte del conjunto invitan a pensar en los escenarios de los cuentos infantiles, aunque detrás de esta fantasía no hubo planos arquitectónicos ni formación académica, sino décadas de trabajo artesanal.

Francisco González Gragera, marmolista natural de Torremejía, comenzó a levantar el edificio en 1988 guiado por su experiencia, su intuición y una extraordinaria imaginación. Lo que nació como una casa de campo diferente para su hija terminó convirtiéndose en una creación difícil de encasillar, situada entre la vivienda, la escultura y la arquitectura fantástica. Casi cuarenta años después, el Capricho continúa creciendo gracias a los hijos del creador, que mantienen vivo un universo donde el cemento, la piedra y la cerámica adoptan las formas de la naturaleza.

Una promesa convertida en hogar

La historia del Capricho de Cotrina comenzó con una petición familiar aparentemente sencilla. Yolanda, una de las hijas de Francisco González Gragera, quería tener una casa de campo con piscina como la de su tío. Su padre le prometió entonces que algún día tendría una vivienda única, distinta de todas las demás. En 1988, aquella promesa empezó a tomar forma en un terreno situado a las afueras de Los Santos de Maimona.

Francisco era natural de Torremejía y había heredado de su abuelo el apodo de Cotrina, que acabaría dando nombre a la construcción. Trabajaba como marmolista y conocía bien las posibilidades de materiales como la piedra, pero carecía de formación académica en arquitectura o diseño. Tampoco recurrió a planos técnicos convencionales: avanzó de manera progresiva, trasladando al terreno las formas que surgían de su imaginación y resolviendo los problemas constructivos mediante su experiencia artesanal.

Durante casi tres décadas dedicó buena parte de su tiempo a levantar y decorar la vivienda. El proyecto fue creciendo con él y desbordó pronto su función inicial. La casa de campo prometida a su hija se transformó en una obra personal en permanente evolución, en la que cada estancia, figura y detalle respondía a una idea concebida por su creador.

Un modernismo nacido de la intuición

La comparación con Antoni Gaudí resulta casi inevitable al contemplar el Capricho de Cotrina. Las superficies ondulantes, la ausencia de líneas rectas, el protagonismo del color y los revestimientos realizados con fragmentos de cerámica recuerdan algunas de las soluciones más características del modernismo catalán de finales del XIX y principios del XX. Al contemplarlo, vienen a la memoria obras como La Casa Batlló, los interiores de La Pedrera o ciertos espacios del parque Güell, aunque esto no significa que Francisco los tomara conscientemente como modelos.

Su creación nació fundamentalmente de la intuición y de los conocimientos adquiridos durante años de trabajo artesanal. Francisco levantó el edificio mediante mampostería de piedra caliza, ladrillo, mortero de cemento y hormigón, materiales que después cubrió y transformó con mosaicos de numerosos colores. Los pequeños fragmentos cerámicos se adaptan con facilidad a escaleras, barandillas, cúpulas y superficies curvas, produciendo reflejos que modifican la apariencia del conjunto a medida que cambia la luz.

Esta solución guarda una evidente semejanza con el trencadís, técnica decorativa basada en la composición de mosaicos con pedazos irregulares de cerámica. Sin embargo, en el Capricho no funciona como una simple decoración superpuesta. El color acompaña a las formas del edificio, destaca sus volúmenes y contribuye a borrar la frontera entre arquitectura y escultura. A esta afinidad modernista se añade un imaginario medieval y fantástico de torres, coronas y criaturas, del que surge un lenguaje tan inclasificable como personal.

Cuando la arquitectura imita a la naturaleza

“El arte copia a la naturaleza”, afirma el tríptico que acompaña la visita. En el Capricho de Cotrina, sin embargo, la naturaleza parece apoderarse de la propia construcción. Los muros se ondulan, las columnas adquieren formas vegetales y las estancias se enlazan como si pertenecieran a un organismo vivo. Al eliminar casi por completo las líneas rectas, Francisco creó un espacio alejado de la rigidez de la arquitectura convencional.

Flores de diferentes especies, hojas y bellotas conviven con un imaginario poblado por animales y criaturas fantásticas. Entre los mosaicos pueden descubrirse un dragón, una serpiente, un lagarto y otras figuras que parecen camuflarse en las superficies. Algunas referencias al paisaje extremeño, como las bellotas, vinculan este universo fantástico con el territorio en el que fue construido.

La integración entre arquitectura y naturaleza también determina la distribución interior. La puerta principal adopta la apariencia de un pavo real, mientras que el pasillo que conduce al dormitorio representa el cuerpo de un gusano y la estancia situada al final forma su cabeza. En el exterior, una cascada vierte el agua en una piscina concebida como un estanque natural. Incluso ciertos elementos decorativos cumplen una función práctica: sobre el salón se dispuso un pequeño estanque destinado a proteger el interior de las elevadas temperaturas estivales. Así, imaginación y utilidad quedan fundidas dentro de una misma obra.

Una obra que continúa creciendo

Francisco trabajó en el Capricho durante casi tres décadas, pero falleció en 2016 sin verlo terminado. Su muerte no supuso, sin embargo, el final del proyecto. Sus hijos crecieron contemplando la transformación del edificio y algunos participaron en su construcción desde jóvenes. Tras su fallecimiento, decidieron continuar la obra iniciada por su padre.

En la actualidad, la familia sigue trabajando en ella durante su tiempo libre. Completa espacios pendientes y añade nuevos detalles respetando el lenguaje de curvas, mosaicos y formas orgánicas imaginado por su padre. Pilar, una de sus hijas, participa en esta labor y se encarga también de guiar a quienes desean conocer el recinto y comprender el significado de sus numerosos elementos.

El Capricho es, por tanto, una obra viva. Se conserva como un proyecto familiar que continúa ampliándose y tomando forma. Cada nueva intervención prolonga el legado de Francisco y permite que su universo continúe tomando forma.

Visitar el universo de Cotrina

El Capricho de Cotrina conserva una doble condición: es la casa de campo de una familia y, al mismo tiempo, un espacio abierto a quienes desean conocer la obra de Francisco González Gragera. Pilar se encarga de acompañar a los visitantes por el recinto y de explicar la historia, las formas y los significados que se esconden en sus diferentes estancias. La visita permite observar muchos detalles que pueden pasar inadvertidos a simple vista y comprender el trabajo acumulado durante las últimas cuatro décadas.

El acceso es gratuito, aunque se puede aportar una cantidad de manera voluntaria destinada al mantenimiento del conjunto y a la continuidad de las obras. Como las visitas se realizan en determinados días y los horarios pueden cambiar según la época del año, resulta aconsejable contactar previamente con la familia.

Lejos de ser una mera curiosidad arquitectónica o una imitación extremeña de Gaudí, el Capricho de Cotrina constituye el legado de un creador autodidacta que convirtió sus conocimientos artesanales y una promesa en una obra difícil de clasificar. Francisco ideó un lugar en el que vivienda, escultura, naturaleza y fantasía se confunden. Hoy, gracias al trabajo de una familia y a las personas que contribuyen a conservarlo, aquel sueño iniciado en 1988 continúa tomando forma a las afueras de Los Santos de Maimona.