miércoles, enero 28, 2026
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El auge del «true crime»: entre la fascinación y la banalización del sufrimiento

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El true crime (género que narra crímenes reales a través de documentales, pódcast, series o vídeos) ha vivido un gran crecimiento en los últimos años y se ha convertido en uno de los formatos más consumidos en plataformas de streaming y medios digitales. Lo que antes estaba confinado a revistas policiales o programas de radio ha entrado en el imaginario popular: desde producciones que analizan casos emblemáticos hasta relatos sonoros que acompañan a miles de oyentes cada semana.

Este auge plantea varias preguntas: ¿qué nos atrae de las historias de crímenes reales? ¿Es simplemente la curiosidad por lo extremo y lo desconocido, o hay algo más complejo detrás de nuestra fascinación? Y, aún más: ¿podría este consumo transformarse en una forma de entretenimiento que banaliza el dolor humano?

En este artículo exploraremos el concepto del true crime como forma de comprender la violencia, y, al mismo tiempo, como producto cultural con implicaciones éticas y sociales.

¿Por qué nos atraen los crímenes reales?

Una de las claves para entender el auge del true crime es preguntarnos por qué este tipo de contenidos atrae a tanta gente. La respuesta no se reduce a la simple pero morbosa curiosidad, sino que combina varios factores psicológicos, sociales y culturales.

En primer lugar, muchos consumidores sienten una mezcla de curiosidad y deseo de comprensión: quieren saber cómo y por qué sucedieron hechos extremos, qué motiva a un criminal y cómo se desarrolla una investigación hasta llegar a una respuesta. Esta tensión narrativa (es decir, responder las preguntas de quién, qué, cuándo, dónde y por qué) funciona casi como un rompecabezas que invita al espectador a «participar» mentalmente en la resolución del caso.

Diversas investigaciones sugieren también que el true crime ofrece una forma segura de enfrentar el miedo, permitiendo experimentar situaciones de peligro sin exponerse a ellas directamente. Desde esta perspectiva, los relatos criminales sirven como una especie de aprendizaje vicario: al observar cómo se desarrollan los hechos, las personas sienten que pueden identificar señales de peligro y reflexionar sobre la propia seguridad.

Pero no hay que olvidar que estos contenidos también satisfacen una necesidad emocional básica de construir sentido sobre el orden social, la justicia y la conducta humana, al tiempo que permiten confrontar la ambigüedad y el mal desde una distancia controlada.

El true crime como producto de consumo masivo

El true crime, además de crecer en popularidad entre el público, se ha consolidado como uno de los géneros más estratégicamente explotados por las plataformas de entretenimiento digital. Netflix, HBO Max o YouTube utilizan el relato de crímenes reales como un gran recurso para captar y retener audiencias, tanto por el interés inmediato que despierta como porque genera conversación y tráfico constante en el ecosistema mediático.

Según datos de investigaciones especializadas, una proporción muy alta de personas consume contenidos de true crime, ya sea en formato documental, pódcast o vídeos online (y un porcentaje considerable lo hace de forma regular), lo que indica que no se trata de un nicho aislado.

Este fenómeno también tiene raíces en la estrategia de negocio de las plataformas, que han visto en el true crime un formato relativamente económico de producir y con enorme capacidad de atracción. Al ofrecer historias impactantes basadas en hechos reales, estas producciones logran mantener al espectador enganchado, favorecen el binge-watching (ver varios episodios de una vez, sin autocontrol) y amplían el alcance de sus catálogos con contenidos que funcionan bien tanto local como globalmente.

Además, el género ha evolucionado desde sus versiones más sensacionalistas de televisión tradicional hasta productos más complejos y elaborados, diseñados para competir con la ficción en términos de narrativa y producción.

La banalización del sufrimiento y la revictimización

Uno de los principales puntos de crítica al auge del true crime es que, cuando se produce sin criterios éticos claros, banaliza el sufrimiento real y revictimiza a las personas directamente afectadas por los hechos. Este fenómeno no se refiere solo a un efecto simbólico o narrativo: la exposición repetida y dramatizada de casos sensibles puede tener consecuencias emocionales graves para las víctimas secundarias, especialmente cuando sus historias privadas se reproducen sin su consentimiento y sin un tratamiento respetuoso.

Las investigaciones sobre este género han señalado que la inclinación de algunas producciones por la dramatización y el impacto emocional (que suelen priorizar el efecto sobre la veracidad y el respeto) puede llevar a una representación inexacta, mercantilizada y sensacionalista de los hechos. En este contexto, los familiares se ven obligados a revivir repetidamente detalles traumáticos sin ningún control sobre cómo se narran o se utilizan estas historias.

Además, el debate ético en torno al true crime subraya que la continua exposición mediática puede interferir en el duelo, intensificar la angustia y afectar negativamente la salud emocional de las personas involucradas.

Estos riesgos han generado llamados a establecer límites éticos al tratamiento del género, buscando un equilibrio entre la narración de hechos reales y el respeto a la dignidad de las víctimas y sus familias, sin caer en la explotación del dolor ajeno como mero producto de consumo.

Entre la denuncia social y el voyerismo

Una de las tensiones más interesantes en el fenómeno del true crime es la que se establece entre su potencial como herramienta de denuncia o reflexión social y su deriva hacia lo voyeurístico o sensacionalista. Esta dualidad ha sido observada por académicos y críticos del género.

Por una parte, el true crime puede abrir espacios para visibilizar injusticias, fallos judiciales o problemas estructurales del sistema legal. Producciones que ponen en primer plano la voz de las víctimas, analizan errores de investigación o exponen fallas institucionales pueden contribuir a la discusión pública sobre temas como la violencia de género, la discriminación o la reparación del daño. En algunos casos, este tipo de narrativas incluso ha influido en el interés social por revisar condenas y replantear procesos legales, mostrando que el género puede trascender el mero entretenimiento.

Sin embargo, existe un lado contrario: la representación de crímenes puede caer en un voyerismo que explota emocionalmente los hechos, prioriza el impacto y el morbo por encima de la comprensión profunda, y simplifica las historias para hacerlas más “atractivas” como producto cultural. Algunos estudios señalan que formatos comerciales e insensibles pueden deshumanizar a las personas implicadas, enfocándose en detalles sensacionalistas más que en contexto o crítica social.

Así, el true crime se mueve entre un uso informativo y una forma de difusión que puede ser superficial. ¿La clave? La intención narrativa y la responsabilidad de quienes cuentan estas historias; y, con ello, de quienes las consumen.

Redes sociales y trivialización del crimen

En la era de true crime, el auge de las redes sociales ha transformado cómo consumimos estas historias, cómo las compartimos, reinterpretamos, e incluso trivializamos. Plataformas como TikTok, Instagram, YouTube o Twitter permiten que fragmentos de casos resúmenes, teorías, memes o comentarios circulen rápidamente, a veces sin contexto, contraste ni sensibilidad hacia las personas afectadas.

Este fenómeno puede tener diferentes efectos. Por un lado, las redes sociales han facilitado comunidades activas en torno a casos reales y la participación de usuarios interesados en aportar datos o apoyos, incluso, en algunos casos, ayudando a mantener la atención pública sobre desapariciones o errores judiciales. Por otro, la naturaleza rápida y fragmentaria de estas plataformas puede fomentar una relación superficial con los hechos: resúmenes breves, teorías virales o cliffhangers informales terminan transformando tragedias humanas en contenidos pensados para la viralidad y el engagement, más que para la comprensión.

Asimismo, casos dramáticos como el de Bianca Devins (cuyo crimen y difusión de imágenes en redes desataron debates sobre la ética digital y el trauma familiar) muestran cómo lo que ocurre en línea puede intensificar el impacto emocional y la desinformación en torno a un suceso real.

Este contexto plantea un reto: ¿Cómo podemos usar las redes sociales para informar y reflexionar sin caer en la trivialización o el sensacionalismo del sufrimiento ajeno?

¿Consumo crítico o entretenimiento acrítico?

El true crime nos deja con una pregunta central: ¿lo que consumimos es una forma de información crítica, o simplemente entretenimiento acrítico que transforma el sufrimiento humano en espectáculo?

Como muestran varios análisis críticos del género, existe una brecha entre narrativas de true crime diseñadas con respeto ético, contexto social y atención a las víctimas, y otras que se limitan a resaltar detalles sensacionalistas sin profundizar en sus implicaciones humanas o estructurales. La falta de consentimiento, la repetición dramatizada de hechos traumáticos y la humanización excesiva del agresor son aspectos que pueden desfigurar la realidad y causar un proceso de revictimización para quienes vivieron el suceso.

Una forma de consumo más responsable implica preguntarse quién se beneficia de estas historias y si el contenido ayuda a comprender contextos más amplios de violencia, justicia o desigualdad. Algunas producciones investigativas y podcasts que exponen errores judiciales o discriminación sistémica han generado debates públicos útiles, ampliando la mirada más allá del caso individual hacia problemas sociales más amplios.

Sin embargo, cuando el enfoque es solo el impacto superficial o la repetición de hechos crudos sin sentido crítico, el género corre el riesgo de normalizar la violencia y desensibilizar a la audiencia.

Entonces, la clave está en cómo miramos y cómo consumimos: con conciencia, contexto y ética, o dejándonos llevar por el morbo sin reflexionar sobre sus consecuencias.