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¿Cómo eran las vacaciones antes del turismo de masas?

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Hoy asociamos las vacaciones con hacer las maletas, desplazarnos a otro lugar, pasar unos días junto al mar o recorrer monumentos y museos. Sin embargo, viajar por placer no siempre fue una posibilidad al alcance de buena parte de la población. Históricamente, emprender un viaje requería tiempo, recursos económicos y unos medios de transporte que convertían los desplazamientos largos en experiencias lentas, costosas y reservadas principalmente a los grupos privilegiados.

No obstante, mucho antes de la generalización del turismo aparecieron distintas formas de viajar vinculadas al descanso, la formación, la salud o el entretenimiento. Los jóvenes aristócratas recorrían Europa como parte de su educación, las élites acudían a ciudades balnearias en busca de los beneficios atribuidos a sus aguas y, desde el siglo XVIII, algunas localidades costeras comenzaron a atraer visitantes interesados en los baños de mar. Aquellas prácticas fueron transformándose hasta sentar las bases de una nueva manera de entender el viaje y el tiempo libre que, con los cambios sociales y el desarrollo de los transportes durante los siglos XIX y XX, acabaría dando paso al turismo moderno.

Viajar era cosa de privilegiados: aristocracia y élites

Antes de que las vacaciones se convirtieran en un periodo de descanso habitual, viajar por placer era una posibilidad reservada fundamentalmente a quienes disponían de tiempo y recursos suficientes. Durante la Edad Moderna, los desplazamientos de larga distancia podían resultar caros, lentos e incómodos, por lo que las experiencias que hoy relacionamos con el turismo estaban principalmente vinculadas a la aristocracia y a otros grupos acomodados.

Estos viajes no respondían necesariamente a una única motivación. El entretenimiento podía combinarse con la educación, la salud, las relaciones sociales o los asuntos políticos y diplomáticos. Las estancias podían prolongarse durante semanas o meses y el propio desplazamiento formaba una parte importante de la experiencia, en una época en la que atravesar Europa suponía recorrer grandes distancias en carruaje y enfrentarse a caminos y alojamientos de calidad muy desigual.

Viajar constituía también una forma de relacionarse con otros ambientes culturales. Conocer ciudades, contemplar monumentos y colecciones artísticas o entrar en contacto con las costumbres de otros territorios podía formar parte de la educación de las élites europeas. En este contexto se consolidaría una práctica muy recurrente entre los siglos XVII y XIX: el Grand Tour, un largo recorrido por Europa que llegó a convertirse en una etapa importante en la formación de numerosos jóvenes aristócratas.

El Grand Tour: viajar para completar la educación

Entre los siglos XVII y XIX se consolidó entre las élites europeas una forma de viajar que combinaba formación, cultura y ocio: el Grand Tour. Sus itinerarios y duración variaban, pero fue muy habitual entre jóvenes aristócratas británicos, que emprendían largos recorridos por el continente como parte de su educación antes de incorporarse plenamente a la vida adulta. El término quedó popularizado a finales del siglo XVII a partir de la obra de Richard Lassels The Voyage of Italy, de 1670.

París fue una de las principales paradas del recorrido, pero Italia ocupaba un lugar fundamental. Florencia, Venecia y, sobre todo, Roma eran los principales destinos, que permitían a los viajeros entrar en contacto con la Antigüedad clásica y el Renacimiento, fundamentales para su formación. El viaje ofrecía también la oportunidad de aprender idiomas, frecuentar ambientes aristocráticos y ampliar conocimientos sobre política, arte y sociedad.

La experiencia también tenía una importante dimensión material. Los viajeros adquirían pinturas, esculturas, antigüedades, libros y otros objetos que trasladaban posteriormente a sus lugares de origen. El Grand Tour contribuyó, así, al desarrollo del coleccionismo y a la difusión del gusto por el arte clásico en Europa. Para las élites, viajar suponía adquirir conocimientos, contactos y objetos capaces de reflejar su educación y su posición social.

Lejos aún de las vacaciones contemporáneas, el Grand Tour convirtió el desplazamiento por placer y formación en una práctica cultural característica de las clases privilegiadas y en uno de los antecedentes más reconocibles del turismo posterior.

Balnearios: curarse, descansar y dejarse ver

Mientras el Grand Tour convertía el viaje en una experiencia educativa y cultural para las élites, otra práctica comenzó a reunir salud, descanso y vida social: las estancias en ciudades balnearias. Aunque el uso terapéutico de las aguas termales contaba con una larga tradición, durante los siglos XVIII y XIX muchos balnearios europeos experimentaron un importante desarrollo y se transformaron en destinos frecuentados por la aristocracia y las clases acomodadas.

Localidades como Bath, Baden-Baden, Vichy o Karlovy Vary alcanzaron gran fama gracias a sus aguas minerales, a las que se atribuían propiedades beneficiosas para diferentes dolencias. Los tratamientos podían incluir baños o la ingesta de agua siguiendo determinadas rutinas, pero la estancia iba mucho más allá de las prácticas relacionadas con la salud. Alrededor de las fuentes y establecimientos termales surgieron hoteles, jardines, paseos, teatros, salones y casinos que hicieron de estos lugares importantes centros de ocio y sociabilidad.

Acudir a un balneario era sinónimo de descanso y cuidado de la salud, pero también de participar en una intensa vida social. Los parques, galerías y paseos facilitaban los encuentros entre visitantes y proporcionaban espacios en los que ver y ser visto. La arquitectura y el urbanismo de estas ciudades terminaron adaptándose a esta particular combinación de tratamiento, entretenimiento y relaciones sociales.

Esta cultura balnearia alcanzó un momento de gran esplendor entre el siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XX. Mucho antes de los actuales complejos vacacionales, estos destinos ya ofrecían algunos elementos que después resultarían familiares para el turismo moderno: alojamiento, actividades de ocio y espacios concebidos específicamente para recibir a visitantes llegados de otros lugares.

Cuando la playa todavía no significaba tomar el sol

La costa tampoco fue siempre el destino vacacional por excelencia que conocemos hoy. En Europa, y especialmente en Gran Bretaña, durante el siglo XVIII comenzó a extenderse entre las clases acomodadas el interés por los baños de mar, inicialmente relacionados con las propiedades saludables que algunos médicos atribuían al agua marina y al aire de la costa. Por ejemplo, Scarborough, Brighton, Margate o Weymouth empezaron a recibir visitantes que buscaban combinar salud, descanso y sociabilidad.

La experiencia, sin embargo, era diferente a la que hacemos hoy. En muchos destinos británicos se popularizaron las llamadas bathing machines, estructuras sobre ruedas que permitían a los bañistas cambiarse de ropa con privacidad y aproximarse al agua sin tener que recorrer la playa a vista de los demás. Su uso respondía a las convenciones sociales y de decoro de la época, y se convirtió en uno de los elementos característicos de los primeros centros de veraneo marítimo.

A medida que aumentó el número de visitantes, las localidades costeras comenzaron a incorporar nuevos servicios e infraestructuras. Hoteles, paseos marítimos, muelles, teatros y otros espacios de entretenimiento fueron transformando, de manera progresiva, su paisaje y ampliando las posibilidades de ocio más allá de los propios baños.

Entonces la playa comenzó a adquirir una nueva función como espacio destinado al descanso y la diversión. Todavía faltaba mucho para lo que son las playas hoy, pero las bases del veraneo junto al mar ya estaban comenzando a establecerse.

Del privilegio al turismo moderno: trenes, excursiones y nuevos viajeros

El siglo XIX marcó un punto de inflexión. La expansión del ferrocarril y de la navegación a vapor permitió reducir en gran medida los tiempos de desplazamiento y facilitó el acceso a lugares que hasta entonces habían resultado difíciles de alcanzar. El viaje comenzó entonces a dejar de ser una experiencia casi exclusiva de las élites, aunque todavía estaba lejos de convertirse en el fenómeno de masas del siglo XX.

El ferrocarril tuvo especial importancia en el desarrollo de los destinos costeros. En Gran Bretaña, la llegada de nuevas conexiones ferroviarias durante el siglo XIX favoreció el crecimiento de numerosas localidades de veraneo y permitió que un público cada vez más amplio pudiera desplazarse hasta ellas. Esta transformación fue acompañada por la construcción de hoteles, paseos marítimos, muelles y espacios de entretenimiento.

También aparecieron nuevas formas de organizar los desplazamientos. Una figura destacada fue el británico Thomas Cook, que en 1841 organizó una excursión ferroviaria entre Leicester y Loughborough para un grupo que asistía a una reunión del movimiento por la templanza. En los años siguientes amplió sus actividades y comenzó a ofrecer excursiones y viajes organizados a otros destinos británicos y europeos, contribuyendo al desarrollo de un modelo que anticipaba las posteriores agencias de viajes.

La mejora de los transportes, la organización comercial de los viajes y los cambios sociales fueron ampliando progresivamente el número de personas que podían desplazarse por ocio. El turismo moderno comenzaba a tomar forma: viajar podía convertirse en una actividad organizada, con itinerarios, transportes y servicios pensados específicamente para los visitantes.

Un nuevo concepto de vacaciones

El turismo de masas no inventó el deseo de viajar, descansar o conocer otros lugares, pero sí transformó profundamente quién podía hacerlo. Históricamente, los viajes de placer y las estancias en balnearios o destinos costeros habían estado principalmente al alcance de los sectores privilegiados. La mejora de los transportes y los cambios sociales de los siglos XIX y XX ampliaron progresivamente estas posibilidades. Así, el viaje fue dejando de ser un privilegio exclusivo para convertirse, poco a poco, en una práctica al alcance de sectores cada vez más amplios de la sociedad.