La pintora aficionada, cuya intervención en el Ecce Homo se convirtió en el primer gran fenómeno viral de la era de las redes sociales en España, ha muerto este lunes en la residencia donde vivía junto a su hijo

Cecilia Giménez Zueco, la vecina de Borja que en el verano de 2012 alcanzó una fama planetaria e involuntaria tras su fallida restauración de un fresco en el Santuario de la Misericordia, ha fallecido este lunes 29 de diciembre a los 94 años de edad. La noticia ha sido confirmada por el alcalde de la localidad zaragozana, Eduardo Arilla, y por el propio Santuario a través de sus canales oficiales, despertando una oleada de mensajes de cariño hacia una mujer que, más allá del «desastre» artístico inicial, acabó convirtiéndose en una figura profundamente querida por su humildad y generosidad.
El fallecimiento se ha producido en la residencia de ancianos de la Fundación Sancti Spiritus, vinculada al propio Santuario de la Misericordia, donde Cecilia residía desde hacía varios años junto a uno de sus hijos, que tiene una discapacidad. Desde el centro y el ayuntamiento han destacado que Cecilia «es ya una estrella más en el cielo», subrayando su faceta como madre entregada y luchadora, marcada por una vida personal difícil en la que tuvo que cuidar de sus dos hijos, ambos afectados por graves enfermedades.
La historia de Cecilia cambió para siempre en agosto de 2012. Movida por su devoción y con el permiso del párroco de entonces, pero no de la Fundación, decidió intervenir un pequeño fresco del Cristo pintado originalmente por Elías García Martínez en 1930, que se encontraba muy deteriorado por la humedad. Lo que pretendía ser un acto de buena fe terminó en una imagen irreconocible que rápidamente saltó a internet. En cuestión de días, el Ecce Homo de Borja pasó de ser una anécdota local a un meme global, atrayendo la atención de medios internacionales como la BBC o Le Monde.
Aunque el impacto mediático inicial sumió a Cecilia en una profunda crisis de ansiedad y tristeza debido a las burlas, el tiempo transformó el error en una oportunidad histórica para su pueblo. Aquella restauración «fallida» se convirtió en un motor económico sin precedentes: en la última década, cientos de miles personas de todo el mundo han visitado Borja solo para ver la obra. Este flujo turístico permitió rehabilitar el Santuario, crear un centro de interpretación y generar enormes ingresos anuales, destinados íntegramente a la mejora de las instalaciones de la fundación y del santuario, para una mejora de sus instalaciones y ayudar a los residentes de la residencia.
Cecilia Giménez deja tras de sí un legado paradójico pero innegable. Lo que comenzó como una «capilla sixtina del meme» terminó siendo un caso de éxito de turismo accidental, y, sobre todo, una historia de redención personal. Hoy, Borja despide no solo a la autora de su imagen más icónica, sino a una vecina luchadora y ejemplar.