Hasta hace relativamente poco, crear un color fue un proceso mucho más complejo que mezclar pinturas sobre una paleta. Antes de la aparición de los pigmentos industriales, los artistas y artesanos obtenían sus tonalidades a partir de minerales, plantas, animales y metales que debían ser localizados, extraídos y sometidos a cuidadosos procedimientos de transformación. Algunos llegaban desde territorios lejanos mediante rutas comerciales; otros exigían técnicas conocidas únicamente por determinados talleres y comunidades. Su precio, disponibilidad y dificultad de elaboración condicionaron tanto la apariencia de las obras como los colores reservados a las élites, el poder político o el ámbito religioso. Por ello, la historia del color no es una cuestión meramente artística: también habla de comercio, ciencia, trabajo, desigualdad y dominación. El azul ultramar, la púrpura, el rojo carmín, el negro y el dorado permiten reconstruir parte de ese pasado oculto tras las imágenes.

Azul ultramar: un pigmento llegado de tierras lejanas
Uno de los colores más apreciados de la historia del arte es el azul ultramar, elaborado tradicionalmente a partir del lapislázuli, una piedra semipreciosa procedente principalmente de las minas de la región de Badakhshan, en el actual Afganistán. Para llegar hasta los talleres europeos, el mineral debía recorrer largas rutas comerciales, circunstancia a la que debe su nombre, derivado del latín ultramarinus, es decir, “más allá del mar”.
Su elevado precio no dependía únicamente de la distancia. La obtención del pigmento exigía moler la piedra y someterla a un laborioso proceso destinado a separar las partículas azules de las impurezas. El resultado era un color intenso y luminoso que, durante la Edad Media y el Renacimiento, se empleaba con frecuencia en las zonas más importantes de manuscritos y pinturas. Su asociación con el manto de la Virgen reforzó su prestigio, aunque también se utilizó en otras figuras y composiciones. Algunos contratos incluso especificaban la calidad y cantidad de ultramar que debía emplear el artista.

Esta exclusividad comenzó a desaparecer en el siglo XIX, cuando se desarrolló una versión sintética del pigmento, mucho más económica. El azul que, durante siglos, había simbolizado riqueza, devoción y prestigio pudo entonces incorporarse a las paletas de un número mucho mayor de artistas.
Púrpura de Tiro: vestir el poder
La púrpura de Tiro es uno de los colores más asociados históricamente al poder. Este preciado tinte se obtenía a partir de una secreción producida por varias especies de moluscos marinos de la familia de los múrices. Su elaboración se desarrolló en distintos lugares del Mediterráneo antiguo, aunque alcanzó especial fama en la ciudad fenicia de Tiro, situada en la costa del actual Líbano.
La producción requería recoger muchos moluscos y someter la sustancia extraída a un complejo proceso. El tono resultante podía variar entre el rojizo y el violeta dependiendo de la especie empleada, las proporciones y el procedimiento seguido. Su dificultad de obtención y la intensidad del color hicieron que los tejidos teñidos con púrpura fueran productos extraordinariamente valiosos.

En Roma, su uso quedó asociado a las jerarquías políticas y sociales. Las franjas púrpuras distinguieron determinadas vestimentas oficiales, mientras que las prendas teñidas con mayor profusión se reservaron para las máximas autoridades y, especialmente, para el emperador. Esta vinculación continuó en el Imperio bizantino, donde el color reforzó la imagen de la dignidad imperial. Por ello, vestir de púrpura significaba hacer visible una posición privilegiada y convertir el propio cuerpo en una manifestación de autoridad.
Rojo carmín: el color de un insecto y un imperio
El intenso rojo carmín se obtiene del colorante extraído de la cochinilla, un pequeño insecto que vive sobre determinadas especies de nopal. Mucho antes de la llegada de los europeos a América, diferentes pueblos mesoamericanos ya dominaban su cría y utilizaban el colorante para teñir tejidos, decorar objetos y elaborar pigmentos. Su producción requería conocimientos especializados sobre el cuidado de los insectos, su recolección y su posterior secado.
Tras la conquista de México, la Monarquía Hispánica incorporó la cochinilla a sus redes comerciales. El producto se convirtió en una mercancía muy apreciada y fue enviado desde América hacia Europa y otros mercados a través de los circuitos del comercio imperial. Su capacidad para generar rojos intensos y brillantes despertó el interés de tintoreros y artistas, que lo utilizaron en textiles, pinturas y manuscritos.

La llegada de la cochinilla americana no supuso la aparición del carmín en Europa y el Mediterráneo, ya que anteriormente se habían empleado insectos como el quermes para obtener tonos rojizos. Sin embargo, la intensidad y el rendimiento del nuevo colorante favorecieron su expansión. Detrás de su éxito se encontraban los conocimientos de las comunidades indígenas, pero también un sistema colonial que convirtió esos saberes y recursos naturales en fuente de riqueza para el imperio.
Negro: del carbón a la modernidad
El negro es uno de los colores más antiguos utilizados por la humanidad. En algunas manifestaciones del arte prehistórico se obtuvo a partir del carbón vegetal y de sustancias minerales, mientras que, con el paso del tiempo, se desarrollaron diferentes pigmentos mediante la combustión de materiales orgánicos. Entre ellos se encontraban el negro de humo, producido al recoger el hollín generado por una llama, y el negro de huesos, elaborado a partir de restos animales calcinados. Cada uno ofrecía tonalidades y propiedades distintas.
Estos pigmentos resultaron fundamentales para el dibujo, la escritura, la creación de sombras y la definición de los volúmenes. Sin embargo, el negro no siempre fue un color sencillo o barato. En la indumentaria europea de la Edad Moderna, conseguir tejidos de un negro intenso, uniforme y duradero requería combinar tintes y repetir cuidadosamente los procesos. Por ello, las prendas negras de buena calidad podían convertirse en signos de riqueza, solemnidad y distinción, especialmente visibles en numerosos retratos cortesanos.

En la creación contemporánea, el negro adquirió un valor autónomo. De hecho, muchos artistas lo convirtieron en protagonista de sus obras, explorando su capacidad para transformar el espacio, la textura y la percepción. Su historia demuestra que incluso los colores más sencillos tienen una extraordinaria variedad material y artística… hasta el más oscuro.
Dorado: representar la luz y hacer visible lo sagrado
A diferencia de otros colores, el dorado no se obtenía únicamente mediante la elaboración de un pigmento. En muchas obras se conseguía aplicando verdadero oro, reducido a láminas muy finas como pan de oro. Su manipulación requería una gran destreza técnica: las hojas se colocaban sobre una superficie previamente preparada y podían bruñirse para intensificar su brillo. También existieron pigmentos y aleaciones destinados a imitar su apariencia cuando no era posible emplear el metal precioso.
La resistencia del oro a la corrosión, su valor material y su capacidad para reflejar la luz favorecieron su asociación con el poder, la riqueza, lo incorruptible y lo sagrado. En los mosaicos bizantinos, los manuscritos iluminados y las pinturas medievales, los fondos dorados no buscaban representar espacios reales: situaban las figuras en una dimensión separada del mundo terrenal. El oro también desempeñó un papel esencial en retablos, esculturas religiosas y objetos vinculados a las cortes y al culto.

Su presencia no desapareció con el avance de la pintura naturalista. Un claro ejemplo es el de Gustav Klimt, quien integró el pan de oro en un lenguaje moderno, ornamental y simbólico. Así, el dorado ha atravesado épocas y estilos manteniendo su capacidad para convertir la superficie artística en una experiencia de luz, prestigio y fascinación.
Lo que los colores esconden
La historia de los colores demuestra que ninguna tonalidad es inocente. Detrás de ellos se esconden recursos naturales, conocimientos técnicos, rutas comerciales y relaciones de poder y prestigio. La industrialización permitió fabricar pigmentos y tintes de forma más económica, haciendo accesibles colores que, en su momento, estuvieron reservados a determinados grupos sociales. Sin embargo, también contribuyó a ocultar sus antiguos orígenes. Conocerlos permite contemplar las obras desde una nueva perspectiva y comprender que cada color conserva las huellas materiales, culturales y políticas del mundo en el que fue creado.