Pocas leyendas históricas han alcanzado tanta difusión como la que afirma que Catalina la Grande murió mientras mantenía relaciones sexuales con un caballo. Este rumor, durante muchos años, ha ciruclado en libros, conversaciones, programas de televisión, e incluso hoy, en redes sociales, hasta el punto de convertirse, para muchos, en un supuesto hecho histórico.

Sin embargo, la realidad es muy distinta: no existe ninguna prueba que respalde esta historia y los testimonios de la época describen una muerte completamente diferente. ¿Cómo ha podido una mentira tan extravagante sobrevivir durante más de doscientos años? La respuesta se encuentra en la combinación de propaganda política, misoginia y el extraordinario poder de los bulos para permanecer en la memoria colectiva mucho después de haber sido desmentidos.
¿De dónde sale el mito?
Antes de convertirse en protagonista de uno de los rumores más famosos de la historia, Catalina la Grande fue una de las gobernantes más influyentes de Europa en su época. Nació en Prusia en 1729, ascendió al trono ruso en 1762 y permaneció en él durante más de tres décadas, hasta su muerte en 1796. Este periodo estuvo marcado por la expansión territorial del Imperio ruso, diversas reformas administrativas y un intenso impulso al desarrollo cultural y científico en un contexto plenamente marcado por la Ilustración. Muy inspirada por las ideas ilustradas, mantuvo correspondencia con pensadores como Voltaire y promovió la creación de instituciones educativas y artísticas.
Sin embargo, su enorme poder y su vida personal despertaron una intensa campaña de críticas. Catalina tuvo varios amantes conocidos, una circunstancia que sus adversarios políticos utilizaron para presentarla como una mujer dominada por sus deseos y desacreditar, así, su autoridad. En ese contexto, comenzaron a circular numerosos rumores sobre su intimidad, muchos de ellos exagerados o completamente inventados.
La historia que asegura que murió durante un encuentro sexual con un caballo, sin embargo, no aparece en las fuentes históricas contemporáneas ni en los testimonios de quienes presenciaron sus últimos días. Los historiadores coinciden en que se trata de una leyenda surgida tiempo después de su fallecimiento, alimentada por panfletos satíricos y relatos sensacionalistas que buscaban ridiculizar su figura. Con el paso de los años, el rumor fue repitiéndose constantemente hasta acabar formando parte del imaginario popular, pese a carecer de cualquier fundamento documental.
¿Qué sabemos realmente de su muerte?
Frente a la leyenda, la documentación histórica ofrece un relato mucho más sencillo y perfectamente conocido. Catalina la Grande falleció el 17 de noviembre (o 6 de noviembre según el calendario juliano vigente en Rusia) tras sufrir un grave accidente cerebrovascular, descrito en la época como una apoplejía. Aquella mañana siguió su rutina habitual hasta que, horas después, fue encontrada inconsciente en una estancia privada de sus aposentos.
Los miembros de la corte trasladaron a la emperatriz a su dormitorio, donde permaneció bajo los cuidados de sus médicos y sirvientes durante varias horas. Aunque intentaron asistirla, quedó en coma y falleció la noche siguiente como consecuencia del derrame cerebral. Los testimonios de quienes estuvieron presentes y los informes conservados coinciden en describir este desarrollo de los acontecimientos.
Con el paso del tiempo surgieron versiones secundarias sobre el lugar exacto donde fue hallada, algunas situando el desvanecimiento en un pequeño gabinete o en un cuarto próximo al baño. Estas diferencias son habituales en los relatos históricos transmitidos por testigos, pero no alteran lo esencial: Catalina la Grande murió por un derrame cerebral, una causa natural, y no existe ninguna referencia contemporánea que relacione su fallecimiento con un caballo o con las circunstancias que describen el famoso bulo.
¿Por qué se inventó un rumor tan escandaloso?
Para entender el origen de esta leyenda no basta con preguntarse si ocurrió, sino por qué alguien decidió inventarla. En el siglo XVIII, la propaganda y los panfletos satíricos eran herramientas habituales para desacreditar a rivales políticos. Los rumores, especialmente aquellos relacionados con la vida privada, resultaban muy eficaces porque apelaban al escándalo y eran fáciles de recordar y difundir. En este caso, el rumor fue creado por los bolcheviques, quienes inventaron que la monarca sentía apetito sexual por sus caballos, hasta el punto de morir aplastada por uno en el acto sexual.
En el caso de Catalina la Grande, el bulo encontró además un terreno muy fértil. Su condición de mujer y de gobernando en una Europa dominada por hombres hizo que su vida sentimental fuera objeto de una atención desproporcionada. Mientras que las relaciones extramatrimoniales de muchos reyes apenas dañaban su reputación, en el caso de las mujeres (en este caso Catalina) se utilizaron para cuestionar su capacidad para gobernar y presentar su poder como consecuencia de una supuesta falta de moral.

El rumor del caballo llevó esa estrategia al extremo. Su objetivo era construir una caricatura grotesca de la emperatriz que destruyera su imagen pública incluso después de su muerte. No es casual que otras mujeres poderosas de la historia, como Cleopatra o María Antonieta, también hayan sido objeto de rumores similares centrados en su sexualidad o supuestos excesos personales. Esas historias hablan menos de las protagonistas que de los prejuicios de quienes las difundieron.
El mito de Catalina, además de un ejemplo de desinformación histórica, constituye cómo el patriarcado ha utilizado la sexualidad femenina para desacreditar a las mujeres que han llegado a tener más poder que ellos. La difusión de este bulo respondía a una estrategia basada en reducir a una de las gobernantes más poderosas de Europa a una caricatura obscena, negando sus logros y convirtiendo su vida privada en el centro del relato. Más de dos siglos después, su supervivencia demuestra hasta qué punto la misoginia puede perpetuarse incluso cuando las pruebas históricas demuestran lo contrario.
¿Cómo ha sobrevivido durante tantos siglos?
Resulta llamativo que un rumor falso haya conseguido mantenerse vivo durante más de doscientos años. Sin embargo, su permanencia responde a un fenómeno bien conocido: las historias más sorprendentes suelen recordarse y transmitirse más fácilmente. Un relato escandaloso despierta curiosidad, provoca conversaciones y se fija en la memoria mucho más que un informe histórico o un documento de la época.
A ello se suma el llamado “efecto de verdad ilusoria”, un fenómeno estudiado por la psicología, según el cual una afirmación repetida con frecuencia termina pareciendo más creíble, aunque carezca de pruebas. Durante siglos, el mito sobre Catalina la Grande ha aparecido en conversaciones informales, obras de ficción, programas de entretenimiento, y, más recientemente, en internet y las redes sociales. En muchos casos, la historia se repite sin comprobar su origen, contribuyendo a reforzar una falsedad que ya forma parte de la cultura popular.
Este caso demuestra que los bulos históricos no pertenecen únicamente al pasado. Los mismos mecanismos que permitieron difundir esta leyenda siguen presentes hoy: el atractivo del sensacionalismo, la repetición constante y la escasa comprobación de las fuentes. Por ello, desmontar mitos como este no consiste solo en corregir un error histórico, sino también en recordar la importancia del pensamiento crítico y del trabajo de la historiografía frente a las narraciones que, por muy llamativas que resulten, carecen de cualquier respaldo documental.
Mucho más que un simple rumor
Lejos de la imagen grotesca que ha llegado hasta nuestros días, Catalina la Grande fue una de las gobernantes más relevantes de la Europa moderna. El mito del caballo eclipsa el legado político y cultural de una figura histórica cuya trayectoria merece ser analizada desde el rigor y no desde el sensacionalismo. Al mismo tiempo, este caso recuerda que los bulos pueden perpetuar prejuicios, distorsionar la realidad y la memoria colectiva y desacreditar a quienes desafían las normas de su tiempo. Desmontar estas falsas históricas, además de hacer justicia al pasado, consiste en aprender a reconocer los mecanismos con los que la desinformación sigue construyéndose y difundiéndose en el presente.
