viernes, enero 23, 2026
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Escapadas de fin de semana para enamorarse del otoño

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El otoño es una estación que invita a bajar el ritmo, a mirar hacia adentro, a reencontrarse con la quietud que el resto del año parece negar. Cuando los días comienzan a acortarse y el aire se vuelve más nítido, los paisajes cambian de piel. Los bosques se tiñen de cobre, los viñedos se apagan lentamente y las ciudades adquieren una luz melancólica que las vuelve irresistibles. En ese tránsito entre la plenitud del verano y la quietud del invierno, el cuerpo y la mente reclaman pausa: un respiro breve, un fin de semana que sirva para reconectar con lo esencial.

Las escapadas otoñales no buscan el exotismo ni la velocidad, sino el sosiego. Ya sea en una casa rural rodeada de hayas, en un pequeño pueblo con aroma a leña, o en una ciudad donde las plazas se llenan de hojas doradas, cada destino ofrece una forma distinta de entender la calma. Por ello, proponemos una selección de escapadas para dejarse llevar por la estación más introspectiva del año. Lugares donde el tiempo parece suspenderse, el paisaje se convierte en refugio y el otoño se revela como la estación perfecta para aprender, de nuevo, a detenerse.

Refugios rurales entre la naturaleza

En otoño, el campo español se convierte en un mosaico de colores cálidos y texturas suaves. Las hojas caídas alfombran los caminos y los pueblos se envuelven en un silencio amable, roto solo por el rumor de los ríos o el sonido de una chimenea encendida. Es la época perfecta para perderse en la España interior, esa que parece detenerse en el tiempo y donde la naturaleza dicta el ritmo de los días.

El Valle de Ordesa, en Huesca, ofrece uno de los espectáculos más sobrecogedores de la estación. Los hayedos del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido alcanzan su esplendor cromático entre octubre y noviembre: un festival de dorados, ocres y rojos que se reflejan en los riachuelos de montaña. Aquí, una casa rural en el pequeño pueblo de Torla puede ser el mejor punto de partida para rutas cortas y contemplativas, donde cada paso invita al silencio y a la pausa.

Más al oeste, en la Sierra de Gata, en Cáceres, los castañares se encienden con la luz oblicua de la tarde y los pueblos de piedra – como Robledillo de Gata o San Martín de Trevejo – ofrecen un refugio perfecto para quienes buscan autenticidad. Las chimeneas, los aromas de leña y los productos de temporada (miel, aceite, castañas) construyen una experiencia sensorial que trasciende el descanso.

También en el norte, los bosques de Urbasa y Andía (Navarra) se tiñen de cobre y ofrecen senderos que parecen salidos de un cuento. Allí, entre la niebla y el verde perenne de los musgos, uno siente que el tiempo se repliega sobre sí mismo, como si el otoño ofreciera la posibilidad – siempre fugaz – de empezar de nuevo.

Escapadas gastronómicas

El otoño es, ante todo, una estación de sabores. Con la llegada del frío, las despensas se llenan de setas, castañas, calabazas y vinos jóvenes. Los paisajes rurales se transforman, y con ellos lo hacen también las cocinas. Es el momento en que los pueblos recuperan sus ferias tradicionales, los fogones se encienden y los viajeros encuentran en cada destino un motivo para sentarse a la mesa.

En La Rioja Alavesa, los viñedos se tiñen de rojo y ámbar antes de dormirse bajo el invierno. Las bodegas familiares abren sus puertas para catas y visitas guiadas que combinan tradición y paisaje. Pasear por Laguardia, con sus calles empedradas y sus bodegas subterráneas, es descubrir una cultura que vive al ritmo del vino. Cada copa cuenta la historia de una tierra que ha aprendido a convivir con el tiempo y sus ciclos.

En El Bierzo (León), el otoño se celebra entre vides, manzanos y bosques húmedos. Los restaurantes de la zona ofrecen platos donde el producto local – pimientos asados, castañas, botillo – adquiere un protagonismo que reconforta. Aquí, comer es también una forma de reconocer el territorio.

Más al este, La Garrotxa (Girona) ofrece una experiencia diferente: volcanes dormidos, bosques de hayas y una cocina que combina la rusticidad de la montaña con la creatividad de la nueva gastronomía catalana. Los menús otoñales rescatan el sabor del campo: guisos, setas silvestres, trufas y carnes curadas, acompañados de vinos suaves o sidras artesanas.

Ciudades con encanto otoñal: el arte de pasear despacio

Hay ciudades que parecen hechas para el otoño. Cuando las hojas comienzan a cubrir las aceras y el aire adquiere esa transparencia fría de los días breves, el paisaje urbano se transforma: los monumentos se vuelven más solemnes, las luces más suaves, los cafés más acogedores. El otoño invita a recorrer las ciudades sin prisa, con los sentidos despiertos y la mirada abierta a los detalles.

En Salamanca, la piedra dorada de sus edificios brilla con una luz distinta al atardecer. La Plaza Mayor, bajo el cielo de noviembre, parece un escenario suspendido en el tiempo. Pasear por las orillas del Tormes o perderse entre los claustros silenciosos de las universidades antiguas ofrece una experiencia donde el arte, la historia y la melancolía se funden en un mismo gesto. Es una ciudad que enseña a mirar despacio.

Granada, por su parte, se viste de misterio cuando cae el otoño. Las hojas cubren los jardines de la Alhambra y el aire trae consigo el eco de los cantes que suben desde el Albaicín. La ciudad invita a descubrirla entre brumas, con una taza de té moruno o un vino dulce mientras el sol se apaga tras Sierra Nevada. En esta estación, Granada no es solo un destino: es una emoción.

Más al norte, Santiago de Compostela encuentra en el otoño su momento de mayor belleza. Las lluvias avivan el verdor de las piedras y las calles empedradas reflejan los faroles con un brillo íntimo. Los peregrinos llegan con paso lento, y la ciudad parece latir al compás de la lluvia. Entre el incienso de las iglesias y el olor a café de las tabernas, Santiago recuerda que viajar también puede ser una forma de recogimiento.

Escapadas de bienestar

El otoño también es tiempo de descanso interior. Después del vértigo del verano y antes de la intensidad del invierno, esta estación se presenta como un paréntesis sereno: un momento ideal para cuidar el cuerpo, calmar la mente y volver a lo esencial. Los paisajes que hace unos meses invitaban a la aventura ahora llaman al recogimiento. Es la época de los balnearios, los retiros rurales y las experiencias que devuelven la calma sin necesidad de huir del todo.

En la Serranía de Cuenca, el rumor del agua acompaña el silencio de los bosques. Los pequeños hoteles con spa o las casas rurales con jacuzzi se esconden entre pinares donde apenas llega el ruido. Un paseo por el nacimiento del río Cuervo o por las hoces del Júcar basta para recordar que el bienestar empieza muchas veces en el paisaje. Aquí, la naturaleza no se contempla: se respira.

Más al sur, el Valle del Tiétar (Ávila) ofrece una versión más cálida y luminosa del descanso. Entre cerezos y montañas, los alojamientos rurales combinan terapias naturales, yoga o masajes con productos locales y comida de proximidad. Todo invita a la lentitud: desayunos largos, lecturas junto al fuego, atardeceres que parecen no terminar.

Quienes prefieran el mar encuentran en Las Rías Baixas (Galicia) una opción insólita para el otoño: balnearios junto al Atlántico, rutas costeras envueltas en niebla y pueblos marineros donde el tiempo se mide por las mareas. Las aguas termales de localidades como Cuntis o Mondariz, famosas desde el siglo XIX, ofrecen ese tipo de descanso que cura sin prometer milagros.